Visión periférica

Iba rumbo a una fiesta con dos amigas y un amigo. Mientras buscábamos lugar en el estacionamiento, ellas conversaban en lenguaje de señas, aunque ambas pueden hablar y escuchar perfectamente. De reojo las sorprendí gesticulando y pregunté si no querían que escucháramos lo que decían. Una de ellas, la que menos conocía, me dijo: “Debes tener buena visión periférica, porque nunca volteaste a vernos”.

Pudo haber pensado que las había visto desde el espejo retrovisor; pudo no haberse dado cuenta siquiera de ese detalle. El caso es que no lo hizo. Su comentario me recordó esta habilidad casi imperceptible que aprendí cuando, de niño (no recuerdo bien cuántos años tenía), leí un artículo sobre los cracks del fútbol internacional, quienes habían entrenado su visión periférica para ver a alguien casi de espaldas a ellos. Desde entonces comencé a observar las cosas sin fijar mi vista en ellas, a mirar mirando a otra parte.

Al principio me costaba identificar detalles dentro de la visión periférica. Por ejemplo, los gestos en los rostros de las personas se confundían. Llegué a malinterpretar muchos signos por no saber qué gesto tenía una persona cuando fijaba su mirada sobre mí. Años después, como muchos otros adolescentes, leí Demian de Herman Hesse y aprendí, en cambio, a mirar fijamente. Max Demian le enseña a Emil Sinclair que mirar fijamente a los ojos puede ofuscar los pensamientos y obstaculizar su aprehensión. Como ejemplo le recuerda a su profesor, quien no sabe cómo reaccionar ante los constantes cambios de asiento de Demian para acercarse a Sinclair: “El buen hombre se da cuenta de que hay algo que no funciona, me mira y empieza a devanarse los sesos. Pero tengo un remedio muy sencillo. Siempre lo miro fijamente a los ojos. La mayoría de la gente no lo resiste. Todos se ponen muy inquietos. Cuando quieras conseguir algo de alguien, míralo inesperadamente a los ojos con firmeza; si ves que no se intranquiliza, puedes renunciar a tu deseo”.

Con este conocimiento en cuenta, por mi cuenta descubrí que la gente sube, baja o retiene la mirada de acuerdo a su temperamento. Los códigos que encontraba en los ojos ajenos me servían para definir a personas que pasaban junto a mí sin siquiera conocerlas: “si voltea hacia los lados después de mirarme no se siente superior”, “si baja la mirada está asustado”, “si sostiene la mirada hay que andarse con cuidado”, y así por el estilo.

En ocasiones mis estereotipos no estaban tan errados. Un día retuve la mirada con un desconocido en el metro durante más de tres estaciones; al fin me preguntó:

“¿Te conozco?”

“No”.

“¿Entonces por qué me miras a los ojos?”

Respondí con una pregunta y los papeles se invirtieron:

“¿Qué? ¿No puedo?”

“No, no puedes”.

Desistí antes de que el experimento se convirtiera en una pelea. En proporción al tiempo que pasé mirándolo, en las siguientes estaciones no volteé a mirarlo sino furtivamente. Para ello usaba (ya de manera casi inconsciente, interiorizada y aparentemente cotidiana) la visión periférica.

Gracias a esta maña he podido atrapar in fraganti a quienes me observaban a mis espaldas. Esto fue muy útil durante mis años en la preparatoria, cuando tenía el pelo largo, las uñas pintadas y usaba huaraches con suela de llanta. También me daba una ventaja táctica sobre mis observadores: al no saberse observados, actuaban de la manera más natural posible, con lo que podía obtener información directamente de ellos sin que se dieran cuenta.

De vez en cuando me encuentro a otras personas que también lo han desarrollado. Un día me encontré en una batalla de miradas de soslayo con un hombre que, de manera intempestiva e imprevista, volteó a verme directamente cuando sintió mi mirada. Yo seguí fingiendo que no lo había visto, que me concentraba en la lectura que tenía enfrente. La verdad es que no le había puesto la más mínima atención, pero lo percibí realmente contrariado por no haberme atrapado observándolo. Se volvía un juego de espejos donde ganaba el que engañaba a un grado más profundo.

El tiempo en que esta ventaja me resultó más provechosa fue cuando comencé a dar clases, durante mis primeros años de la licenciatura. Puedo escribir en el pizarrón mientras observo a por lo menos una tercera parte del salón de reojo a cada lado, izquierdo y derecho. Por ello, puedo detectar alumnos copiando exámenes, falsificando firmas, pasándose recados. Muchos se sorprenden: “¡Cómo se dio cuenta!”, preguntan entre sí. Es como si tuviera ojos en la nuca. De hecho, uno de los monstruos que más me fascinan es el hombre pálido de El laberinto del fauno, con los ojos en las manos. La escena en la que coloca sus manos abiertas a la altura de sus cuencas oculares, como si fuera un pavo real siniestro, se funde con aquella en la que devora hadas. Me imagino que será impresionante observar cómo lleva su propia comida a la boca desde el ramillete de su palma.

Hay historias que se arremolinan alrededor de mí, que apenas percibo de paso y rápidamente se desprenden. Es como cuando escucho las conversaciones de mis estudiantes antes o después de clase: retazos con los que podría deshilvanar historias enteras, pero que debo dejar ir como un doctor que no se encariña con sus pacientes o un psicólogo que se olvida de sus casos al llegar a casa. Lo mismo sucede con las imágenes de la visión periférica, borrosas e inestables; son parecidas a un método de lectura rápida, en el que las palabras se aglutinan y salen rápidamente del cerebro, como si nunca hubieran estado ahí. La comida chatarra de la memoria humana.

El término “visión periférica” me parece erróneo, o a lo mucho engañoso. No se trata de una función subalterna o residual de la mirada. Es, en cambio, una visión expandida, una que incluso puede llegar a negar su propia fuente. Recuérdese la palabra “reojo” y tómense en cuenta las acepciones del prefijo re-, que según la DRAE puede denotar repetición (reconstruir) e intensificación (recargar), aunque también movimiento hacia atrás (refluir), oposición (rechazar) y hasta resistencia (reclamar). Mirar de reojo puede significar algo totalmente distinto a simplemente mirar. Una mirada que “estando ahí no está”.

La visión periférica es una negación de la convergencia en la visión monocular. La desestabiliza y nubla su centro de atención. Lo que más me interesa de su potencial creativo es que puede traer a la vida a fantasmas que apenas se sugieren en nuestra percepción más inmediata. Enseña que la vista puede ser un espacio fresco y novedoso, como si jamás en nuestra vida hubiéramos mirado realmente. Y es que el poder de la mirada “llana” parece perderse ante la infinita red de conexiones simbólicas que rodean muchos de los aspectos de nuestra vida cotidiana, las cuales a veces sólo pueden percibirse como intuiciones, en todo caso más allá del razonamiento cartesiano. Vivimos en un mundo de ciegos, donde todos somos cómplices de aquello de lo que no queremos darnos cuenta, como la protagonista de la película Blue Jasmine, quien contribuye al fraude de su esposo al “mirar hacia otro lado”, como solía decir su hermana. También somos expertos en engañarnos a nosotros mismos, pues en ocasiones terminamos creyendo las mentiras que nosotros mismos elaboramos. Tener los ojos sanos no es sinónimo de comprender las cosas. Y no deja de ser sospechoso que, pese a la tragedia que significó en sus vidas, la ceguera les pintara a Milton y Borges un halo casi legendario de Tiresias modernos.

Aunque he dominado el arte de mirar las cosas sin mirarlas, sé que su punto más elaborado es no mirar nada pese a tener los ojos completamente abiertos. La percepción y nuestra energía se encuentra en esos momentos dirigida a un punto interior: el tercer ojo se adentra en el cuerpo que lo contiene. Más adelante en Demian, Sinclair sorprende a su amigo completamente absorto; sus ojos entrecerrados “estaban fijos, no miraban, no veían. Estaban dirigidos hacia dentro, hacia una remota lejanía. Demian estaba completamente inmóvil y parecía que no respiraba […] ‘Ahora se ha sumergido del todo en sí mismo’, pensé estremecido. Nunca me había sentido tan solo. Yo no participaba de él; estaba fuera de mi alcance, más lejos que si se encontrara en la isla más lejana del mundo”. Yo pienso que, al llegar a un estado absoluto de ensimismamiento, él había por fin encontrado nitidez y estabilidad. Ya no necesitaba el sentido de la vista para comprenderlo todo.

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