La AEMAC, los orígenes de la SOGEM y la Ley Beltrones

En una nota en la revista Vice, un sorprendido y decepcionado José Luis Martínez Limón se queja amargamente de la inserción pagada de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) a favor de la llamada “ley Beltrones”, para la protección de los derechos de autor por internet. Para ser honestos, dicha sorpresa sólo puede venir del desconocimiento de los orígenes y la función primigenia de asociaciones como la SOGEM. No todos los escritores están involucrados activamente con el desarrollo de este tipo de agrupaciones, pero en todo caso muchos de los firmantes (como Elena Poniatowska, Juan Villoro y Fernando del Paso) han estado inscritos desde hace muchos años, algunos quizás incluso desde la época previa a la “fusión” en materia de derechos de autor entre la Asociación de Escritores de México, A.C. (AEMAC), fundada a mediados de los 60’s, y su actual sucesora, la SOGEM.

Una investigación del archivo histórico de la AEMAC, dirigida por Fernando Corona en 2008, sugiere que las circulares y reuniones de dicha asociación no siempre contaban con la aprobación o participación activa de todos sus integrantes. Hay una carta formal donde Elías Nandino renuncia a su cargo en la AEMAC, dirigida al entonces presidente de la misma, Wilberto Cantón, acompañada de una nota más informal donde se disculpaba con su amigo por la dimisión, debida a que había decaído su interés en una de esas “agrupaciones” que, en sus palabras, “no traen beneficio alguno”. En una crónica de 2009, cuyo título (“Hallazgo en la Pirámide”, en Absurda es la materia. Crónicas del caos citadino, ed. de Luis Téllez-Tejada) alude al descubrimiento del archivo histórico de la AEMAC en el Centro Cultural La Pirámide, me refiero por primera vez al carácter altamente gremial de dicha institución, que nació en pleno apogeo del sindicalismo priísta. La AEMAC tenía la intención de operar como un sindicato de escritores, un órgano que defendiera los derechos y garantías de sus afiliados. Incluso entre los estatutos de la AEMAC se indica la intención de construir “una colonia urbana destinada al escritor mexicano dentro de la Ciudad de México y tratar de conseguir beneficio análogo en los Estados de la República” (ver Memoria la AEMAC, ed. Fernando Corona, 2008, p. 58).

Desde luego, la adquisición y ostensión de una cierta dosis de poder, por mínima que ésta pudiera ser, ha provocado que en múltiples ocasiones sean más interesantes e incluso más “pintorescos” los episodios oscuros de la AEMAC, como el del presidente que quemó su propia casa, y con ella parte de los archivos de la asociación, el “recorte de asociados” por Marco Antonio Montes de Oca que denuncia Edmundo Domínguez Aragonés en una nota del Sol de México, o la polémica elección del comité nacional del período 1996-2000. Aunque la investigación de Corona se orientó hacia el desarrollo de la asociación como organización autogestiva independiente (lo cual se supone que es ahora), es necesaria una investigación sobre la relación de la AEMAC con la fundación de la SOGEM y la posterior conformación de esta última como “umbrella corporation” que se avoca a la defensa (ya más específica) de los derechos de autor de escritores, periodistas, locutores de radio y televisión, etcétera. Más o menos desde los años setenta, para inscribirse en la AEMAC era necesario firmar una carta de cesión a la SOGEM de los poderes de representación legal y administrativa en lo concerniente a materia de autor (ver “Hallazgo en la Pirámide”, pp. 45-46).

La defensa de los derechos de autor por la SOGEM, reflejada en la inserción pagada que se publicó en diarios de circulación nacional el pasado 12 de febrero, está enraizada en una visión arcaica de lo que significa la representación gremial y el oficio creativo mismo. En realidad no cuestionaré si los autores firmantes de dicho pronunciamiento han escrito obras a las que uno se acerca para “sentirse rebelde”, como afirma Martínez Limón. Más bien es una prueba de que el tipo de agrupaciones que promueve el régimen priísta está más vivo que nunca. Me pregunto si ya se habrá pagado la deuda millonaria que dejó en su administración el anterior director de la SOGEM, Víctor Hugo Rascón Banda, o por qué justo en estos años de la distopía priísta vuelve a ser noticia dicha institución, y si todo esto tiene que ver con la ahora enconada defensa de los derechos de autor por internet. Hacen falta opiniones más empapadas en el tema para sacarnos de muchas dudas. Pero hace todavía más falta que los escritores, establecidos y emergentes por igual, conozcan los antecedentes de cualquier agrupación antes de adherirse a ella, o dejar que hable a su nombre y representación.

Y bueno, después de encontrar a Elenita tomada del brazo por Salinas, acompañados de otras figuras señeras de las letras mexicanas, como Octavio Paz y Carlos Monsiváis, todos muy sonrientes, ¿qué más se puede añadir?

intelectuales con Salinas

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