Traducir, viajar, amar y otras formas de leer

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Andrés Neuman, El Viajero del siglo, México: Alfaguara, 2009.

Entré a la novela como Hans a Wandernburgo: indeciso sobre si quedarme o continuar con otra cosa, sin entender muy bien la dirección de las calles y las direcciones. Como él, poco a poco fui encontrando motivos para seguir andando. Pero es inevitable que, en algún momento, la historia se termine y haya que cerrarla para seguir viviendo. Lo mismo sucede con los viajes, los romances y muchas otras instancias de la vida. Hans tiene que “seguir viaje” (como dicen los españoles), lo que equivale a decir: “seguir solo”, pues de otra manera no sería un viajero.

La grandeza de El viajero del siglo no reside en el hecho de que un autor de ascendencia argentina y formación española escriba una concienzuda novela sobre la Alemania post-napoleónica de Metternich, en plena competencia con las grandes novelas decimonónicas, como las de Balzac o Hugo (con la “ventaja” de la “conciencia moderna”). Tampoco reside en la maravilla de una “ciudad móvil” (Wandernburgo, Ciudad andante), tanto en el plano político como el alegórico, al tratarse de una frontera católica en el corazón de la Alemania protestante, aunque por momentos parece que la ciudad literalmente tuerce sus calles y construcciones a discreción. Ni siquiera reside, finalmente, en la intensa historia de amor clandestino entre los protagonistas, Sophie y Hans, así como su proyecto de compilar una antología de la poesía de todos los rincones de Europa, con lo que repasan y traducen a los románticos ingleses, a Sor Juana y Quevedo, a Von Amin y a Heine, a los libertinos franceses (aún censurados) y a Nerval, a Pushkin, a Bocage, entre muchos otros. En realidad, la gran aportación de esta novela es la manera en que naturaleza y artefacto están sincronizados con una armonía simbolizada en la figura del organillero, único personaje que no tiene nombre propio en la novela (incluso su perro Franz y otro vagabundo de Wandernburgo, Olaf, lo tienen).

Desde el principio hay alusiones a que todo el universo narrativo de El viajero del siglo gira en torno al organillero (quien indefectiblemente se presenta en la plaza de costumbre a dar vida y sonido a Wandernburgo): la comparación entre girar la manivela y contar historias, las interpretaciones que el organillero hace sobre los sueños de sus amigos, o sobre el estado de ánimo de Sophie a través de las flores con las que decora el salón. La música, las relaciones sociales, las estaciones del año y el desarrollo de la novela avanzan armónicamente entrelazados unos con otros. Los últimos dos capítulos donde aparece el organillero, “La gran manivela” y “Acorde oscuro”, evidencian la necesidad estructural de este personaje y su actividad para el funcionamiento de buena parte de la historia. En el último capítulo se percibe la sensación del fin inminente, hora de irse despidiendo de los personajes, del lugar, como cuando el sol ha caído y sólo quedan algunos rescoldos de luz que se van difuminando en la noche.

Evidentemente, es imposible no hablar del amor clandestino e irracional entre Hans, ese misterioso viajero con su gran melena y su escandalosa boina francesa, y Sophie, quizás la mujer más culta y despierta que había nacido en Wandernburgo, una sorpresa tan grata que hizo que la estancia de Hans, quien sólo iba de paso, se extendiera durante todo un año. Los fragmentos donde justifican un amor que, desde el punto de vista racional, era insostenible, sirve tanto como para defender la causa de las relaciones abiertas como para vilipendiarlas. Pero sin el mecanismo de precisión y naturaleza que se encarnaba en el organillero (su casa era una cueva, era como un reloj construido con hebras de pasto y piedras), la novela difícilmente se habría puesto a andar. Pese a las alusiones profundas a la política de la época, de las corrientes literarias y filosóficas, de los años y años de apasionada investigación que se reflejan en este libro. La escena final en la que el viento recorre todos los espacios y los personajes de Wandernburgo, que da nombre al capítulo final (“El viento es útil”), resume de manera más precipitada esa posibilidad de accionar la novela con el mismo gesto de girar una manivela, una rueda, una idea. Leer El viajero del siglo es como acceder a un organismo vivo, Wanderburgo, en constante movimiento a través de la historia y el territorio.

Sin embargo, la historia de Hans y Sophie es deslumbrante. A mi parecer, dos son los pasajes que mejor resumen su relación:

“Oye, susurró Hans, ¿sabes que eres mi suerte? Ella detuvo el peine, se volvió y dijo: Sé a lo que te refieres, amor, a mí me pasa igual, me levanto cada mañana, pienso que voy a verte y siento como un impulso de dar gracias. Pero después me despejo y me digo que no, que no ha sido la suerte, que más bien ha sido un atrevimiento, nuestro atrevimiento. Tú podrías haberte ido y te quedaste. Yo podría haberte ignorado y he hecho todo lo contrario. Todo esto es voluntario, mágicamente voluntario… de hecho, ¿sabes?, a veces pienso que ni siquiera hemos tenido suerte. Quiero decir, podríamos habernos conocido en otro lugar, o más tarde. A veces me imagino cómo sería vivir en otro tiempo, a lo mejor entonces todo sería más fácil para nosotros”.

Y más adelante, cuando ya la historia está por terminar, Hans lee un fragmento de Heinrich Heine:

“Mucho hemos sentido el uno por el otro,

sin embargo tuvimos una exacta armonía.

A menudo jugamos a ser un matrimonio

sin tener que sufrir ni tropiezos ni riñas.

Nos Divertimos juntos, gritamos con jolgorio,

nos dimos dulces besos y nos acariciamos.

Al final decidimos, con infantil placer,

jugar al escondite por los bosques y campos.

Así hemos logrado escondernos tan bien

que luego nunca más hemos vuelto a encontrarnos”.

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