Déjenme hablar de Tijuana: una despedida a la chilanga

Despedirse del lugar que uno llama “su hogar” es un poco parecido a morir. Aunque, en este caso, todos lo colman a uno de buenos deseos y augurios felices. Hay algunos que así confrontan la muerte, con una osada felicidad que luego se confunde con la esperanza. Cuando me di cuenta que esta era la última vez que vería a Tijuana en un buen tiempo, y que quizás cuando regresara ya no sería igual, tuve la extraña sensación de plenitud truncada, de un fragmento de mí que, no sabía, se iba a convertir en un miembro fantasma.

“Déjenme hablar de Tijuana”: fue así como inicié una conferencia sobre representaciones literarias en el Museo de Tijuana del IMAC, en la Zona Centro. Ahí planteé algo que he pensado desde que conozco la investigación de Humberto Félix Berumen sobre la literatura en Tijuana: que la división entre representaciones endógenas y exógenas es reduccionista y dicotómica (los verdaderos tijuanenses vs. los de afuera), e incluso puede servir de pretexto para excluir ciertas manifestaciones artísticas y literarias producidas en la entidad, al dar pie a argumentos del tipo “éste no es un autor tijuanense, sino uno chilango [o de cualquier otro origen] radicado en Tijuana”. ¿Dónde clasificamos entonces a escritores como Pepe Rojo, indudablemente nacido en el D.F. pero radicado en la ciudad desde hace mucho, quien ha dado clases a jóvenes artistas tijuanenses como Dardin Coria (de Sonidero Travesura), Jhonnatan Curiel y Mavi Robles-Castillo?

Una categoría cuya importancia no me parece bien reconocida por dicha postura es la movilidad: Tijuana es una ciudad en constante movimiento, no sólo porque hay actividad en ella de día y de noche, sino porque mucha gente circula a través de ella, vive en ella mucho o poco tiempo, y algunos vemos facetas que los habitantes “locales” ignoran, o bien que apenas conciben pero nunca han experimentado. Yo he trabajado en la colonia Altiplano, más allá de la Presa, he trabajado al lado del Parque Morelos y también en San Antonio del Mar, en instalaciones con vista al mar. He vivido en la Zona Centro por más de un año, he recorrido sus calles y trazado los mapas lingüísticos de un área donde, al cruzar poco más de tres cuadras, se puede escuchar a la gente hablar en inglés, español y chino.

También he leído textos escritos por los tijuanenses y se los he mostrado a universitarios tijuanenses. Dicen que así no es la Tijuana que ellos viven, que temas como cruzar la frontera, irse de party a la Zona Centro o la apariencia de la ciudad en el pasado ya están trillados. Entiendo que no puedo juzgar a la juventud tijuanense por un par de salones de clase, en un pobre ejercicio de reducción sinecdóquica, pero me pareció que esta era una señal de que a) los tijuanenses por lo general no conocen de su ciudad más que las rutas a su casa, trabajo/escuela y uno o dos puntos más (motivo por el cual quizás Pepe Rojo, y después Sergio Brown con el Colectivo Intransigente, propusieron o implementaron ejercicios de la dérive debordiana en Tijuana); o b) la “literatura tijuanense” (yo prefiero hablar de “producción literaria en Tijuana”) no está haciendo click con sus potenciales lectores (¿y no son más que potenciales los estudiantes de la única licenciatura en literatura de la ciudad?). Las representaciones, ya lo sabemos, suelen moverse a un paso más lento que el crecimiento y los cambios de la ciudad que las engendró. Como dijera Lizalde sobre la Ciudad de México, en Tercera Tenochtitlán: “Por mucho, la ciudad se adelanta a sus profetas”.

Durante los últimos días fui a tantos conciertos como pude; vi a unas bandas de punk rock y garage de San Diego en la Plaza del Zapato; escuché a Arturo Campay, Juan Jarena y Eunice Paz en su proyecto Adeumazel, no sin antes escuchar a Ben McDonald (quien ha tocado con Nidia Barajas en la Feria del Libro de Tijuana) en las nuevas instalaciones de la cervecería local Mamut, de la cual pude apreciar su evolución desde un localito en el Pasaje Rodríguez hasta este espacio en lo que antes era una iglesia, con una cúpula maravillosa y una terraza que da a la Calle Tercera. Vi la exposición de Hugo Crosthwaithe, pero me perdí la intervención sonora de Pepe Mogt/Fussible. Pude participar en la presentación del libro Sakums, de la joven poeta Andrea Carrillo, y sin embargo no puedo dejar de pensar en todas las cosas que, de hoy en adelante, me voy a perder en Tijuana. Yo pensé que apenas iba en el capítulo dos, y parece que en realidad era el epílogo.

Quizás como parte de la escisión entre artistas independientes y Virgilio Muñoz, además de espacios y eventos institucionales como el CECUT, el CEARTE o la Feria del Libro, Tijuana también cuenta con sus contrapartes independientes: los pasajes Rodríguez y Gómez, o la Feria del Libro Usado, otro de los proyectos de René Castillo, junto con el Grafógrafo (promotor del auge cultural del Pasaje Rodríguez en los últimos años) y el Centro Cultural Artes del Libro. Tijuana también cuenta con eventos curiosos que denotan cierto grado de participación organizada (de carácter totalmente apolítico, cabe resaltar) como la zombie walk y las convenciones de anime (aunque nunca se parecerán a la Comic-Con de San Diego). Tiene un festival musical, el All My Friends, que también va creciendo año con año. Es, como desde hace mucho, la escena musical la que más está reverberando en la ciudad, seguida de la cinematográfica/audiovisual, donde no sólo nos encontramos el legado de bola 8 (documentales como Que suene la calle de Itzel Martínez del Cañizo o Félix: autoficciones de un traficante de Adriana Trujillo), sino también con el establecimiento del festival Bordocs en Tijuana, la proliferación de cine producido en la región (como Pares y nones, no tan bien lograda). Me quedé con las ganas de ver el documental sobre “La Family”, VIVA FAMILIA, cuyo trailer lleva rolando en internet desde hace varios años. Pude ver el surgimiento de la desaparecida Editorial Piedra Cuervo, de Gidi Loza y Sergio Brown, que tiene en su haber un corto pero sorprendente catálogo editorial/audiovisual, en el que algunos títulos vienen acompañados por un documental creado ex profeso. En el campo de la literatura propiamente hablando, ha habido una proliferación de proyectos editoriales (Ojo de Pez, Observatorio Editorial de Baja California) y revistas independientes (Espiral, Frontera-Esquina, Diez4, entre otras).

Cuando llegué a Tijuana, en agosto de 2010, la Zona Centro estaba plagada de obras y construcciones para mejorar la cinta asfáltica. Ahora, en abril de 2014, la dejo exactamente igual: ahora la obra se extiende por la Calle Segunda, lo que altera las rutas de tránsito tal y como sucedió a mi llegada. Esta suerte patrón cíclico se repite en el primer y último lugar en el que estuve en Tijuana: la base de operaciones, el hoyo, la embajada de Ámsterdam en México, el querido Zacazonapan en la “Zona Norte de mi corazón” de la canción de Cáñamo.

A cada rato me encontraré cualquier pretexto para volver. Antes de irme, me tatué un laberinto, un trojeborg. “Traes un laberinto a cuestas…” Quería que quedara una herida profunda, una forma de decir que Tijuana me marcó. ¿Qué más nos queda de las ciudades en las que vivimos? Recuerdos, nombres, muchas ganas de volver a vivirlo todo. Sin embargo, yo sabía bien que, desde que llegué a Tijuana, que en algún momento me tendría que ir. Yo sé que, la próxima vez que regrese, Tijuana habrá cambiado tanto que quizás ya no la reconozca del todo. El laberinto habrá cambiado sus entradas de nuevo.

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