La vida es partir: Tijuana de ida y vuelta

Escribir sobre Tijuana se convirtió  en mi solución para no olvidarla, y esto me trajo de vuelta más pronto de lo que esperaba. Mis primeros tres meses en Montreal los pasé afinando Sobre vivir Tijuana. Como en la canción de Santa Sabina, estando aquí no estaba. Bien sabía que habría cambios y permanencias en Tiyei durante el año y medio que me ausenté. ¿Cuáles fueron los cambios más palpables? Al llegar me sorprendió y entristeció el “pueblo fantasma” que dejó la ampliación El Chaparral en la garita de San Ysidro, en lo que alguna vez fuera la salida principal para peatones. Esta modificación, a su vez, propició la “taxificación” del transporte público en la Línea: ahora resulta más práctico tomar un taxi que arriesgarse a cruzar por las hileras de locales cerrados que escoltan el paso al puente peatonal, o rodear la glorieta para esperar el camión en una curva que no tiene paradero instalado. Otro factor de inminente cambio es el rumor confirmado del cierre del Zacaz, que dejará de tener su clásica ubicación entre las calles Primera y Constitución. El miedo de que el traslado a otro local cambie todo el ambiente es patente, y a nadie parece consolarle la posibilidad de que la nueva locación pueda tener (ahora sí) grandes ventanas, o quizás una terraza o un espacio al aire libre.

Lo que realmente hice fue comer birria, pozole y tacos de camarón, así como acumular libros y música. Me di cuenta que quiero ampliar mi investigación sobre los colectivos en Tijuana hasta la década de los 90s, por lo que compré libros como Detonación. (Contra) cultura menor y el movimiento fanzine de Tijuana (1992-1994), de Pedro Valderrama; Entre atracción y repulsión. Tijuana representada en el cine, de Juan Alberto Apodaca, y Jóvenes excéntricas. Cuerpo, mujeres y rock en Tijuana, de Merarit Viera, para explicarme con mayor profundidad el desarrollo del trabajo colectivo artístico en la ciudad en la antesala al siglo XXI. Aunque ya conocía la revista Hojalata, órgano impreso del colectivo Poeta No Lugar, me emocioné al encontrar un ejemplar en una librería de viejo del centro, junto con la antología Sístole/Diástole, de editorial Cantarsis.

Aunque no siempre les dé “like”, siempre sigo la pista a los artistas tijuanenses que tengo agregados en Facebook. El sábado en la noche, Paty Torres me dijo que el Mous-Tache celebraba su 5º aniversario con un set de varios proyectos, entre ellos Grenda, de quien ya había escuchado hablar. Fuimos ya demasiado tarde y no lo escuchamos a él, pero fue una grata sorpresa decubrir a Trillones, proyecto del chicalense Polo Vega que me confirmó una vez más lo mucho que tiene para ofrecer la escena musical de Mexicali. En el Mamut me vendieron un disco de Alex Perales, y me alegró ver a Dardin Coria de Sondiero Travesura entre los espectadores-bebedores. La misma Paty me mostró en su casa algunas de las canciones del nuevo disco de San Pedro el Cortez. Como siempre, es la música lo que más se mueve en la ciudad, la moneda de cambio de todo el aparato artístico.

Mientras escribo estos párrafos caigo en la cuenta que, como cuando escribí Sobre vivir Tijuana, no tengo nada qué decir de la ciudad per se. Nunca fui ni seré cronista de los tijuanenses 1) porque no soy tijuanense, y 2) porque no creo que una postura individual tenga representatividad absoluta sobre una entidad social o colectiva. Eso sería caer en la fácil trampa de los tropos colonialistas, como la metáfora, la metonimia y las sinécdoques. Lo que yo hago es especular y conceptualizar con base en Tijuana. Es lo que hice en mi tesis de maestría y mis artículos sobre Tijuana, y más claramente en este nuevo libro. Hablo de los hitos artísticos, culturales o sociales de la región que me tocó ver y que he podido estudiar. Nunca he pretendido decirle a los tijuanenses cómo ver o pensar su ciudad. Últimamente, entre los comentarios de algunos compañeros y conocidos tijuanenses, he llegado a sentir esa presión discursiva que me marcaba como “el chilango” o, como bromeaba Apodaca cuando hace tiempo le conté de este libro, “un chilango más hablando de Tijuana”. Puede que sí, pero un chilango enamorado de la ciudad, dispuesto a conocerla en las buenas y en las malas.

Esta nota tiene dos finales. El primero es una afirmación pública: sí, Sobre vivir Tijuana es una representación, pero a final de cuentas una representación que se sabe parcial y perfectible. Toda la manufactura humana, desde las máquinas más complejas hasta el lenguaje mismo, es perfectible. Escribir sobre Tijuana como el “foráneo” que soy (para usar el regionalismo chicalense) era el acto más atrevido que me podía imaginar. Y lo hice porque la Tijuana que conocí, la que me tocó vivir durante los últimos años, iba a cambiar irremediablemente, incluso si yo regresaba, incluso si no me ausentaba por demasiado tiempo. “La vida es partir”, le dije a mi madre hace poco, luego de saber sobre la muerte de mi tío más joven, y creo que aplica para todo, no sólo para prepararnos ante la inminencia de la muerte. Siempre estamos partiendo de un lugar, una amistad, una relación, una forma de vida. Es duro aceptar que todo cambia y nada es estable. Pero así es cualquier amor, por ejemplo, mi amor por Tijuana: una incertidumbre, la de intimar con el otro, o amar al prójimo if you will.

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El segundo es un final íntimo. Lo que más me fascinó de este viaje fue observar cómo mi acompañante iba conociendo, por primera vez en su vida, a Tijuana y el resto de México a través de la ciudad. Me parece increíble, desde mi particular trayectoria de vida, pensar en conocer antes a Tijuana que al DF. No por ello dejamos de compartir reacciones similares ante situaciones específicas. “Marica, qué fuerte”, me dijo al dar vuelta en el tramo del malecón más cercano al muro fronterizo. Acostumbrada a las fronteras del sur, menos fácticas o físicas que la México-EU, Aleja compartió una sensación que he visto en mí mismo, en otros mexicanos y extranjeros por igual, al contemplar por primera vez el muro tan de cerca. Me intriga mucho saber qué es lo que va a escribir al respecto, las cosas que crearemos juntos a partir de este encuentro. Más que un laboratorio, como García Canclini la calificó, Tijuana es más bien un campo en reacción constante con los cuerpos que ahí se disuelven, “mezclándonos lejos” como en el poema “Norte”, de Gerardo Deniz. La ciudad no es un sujeto ni un paciente, sino un agente de su propio ciclo de creación/descomposición. Re-conociendo nuestros cuerpos, Aleja se sumergió en México a través de su herida más visible. Se me confunden sus besos con la noche de Tijuana. “Algo de mi sustancia / se hacía matiz tuyo / en el albor de nuestro primer año” de (no) conocernos.

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