Vida crítica

Mucha gente piensa que criticar algo o a alguien significa estar en su contra. Puedo ser incisivamente crítico con lo que me apasiona porque me gusta desentrañar las conexiones secretas que componen al mundo. La clave para logarlo puede cristalizarse en una pregunta bien formulada. ¿En qué se parece el inglés hablado en la frontera México-EU con el de la provincia de Quebec? ¿Cómo se conoce un país a través de un cuerpo? ¿Cuál era el sonido de la poesía en el continente americano a la vuelta del milenio? Las preguntas son llaves (clave es la palabra en latín para “llave”) que preparan el terreno para la formulación de nuevas ideas. En la lista de preguntas que me he hecho y me hago, los libros que escribo buscan llenar los huecos que dejan.

Al principio pensaba que la crítica y la empatía estaban disociadas una de la otra. Esto implicaba se podía disfrutar de algo estéticamente “inferior” sin necesariamente ignorar sus deficiencias. Es un  lugar común en el que he caído a veces: “Uno aprende a querer a los lugares, así como las personas, a pesar de sus defectos y, en el mejor de los casos, gracias a ellos”. El ejemplo amoroso parecía justificar todas mis necesidades (críticas y eróticas): cuando te gusta un cuerpo, cuando lo besas, te vienes en él o se viene en ti, estás activando no solamente efectos internos, mentales (deseo de plenitud, angustia o placer, fascinación con la otredad, etcétera), sino estrictamente físicos: las manos con las que recorres su piel se vuelven tus ojos. Y justo al recorrerla, como un códice, encuentras un lunar, un defecto según cualquier recuento, pero que resulta expandido por las otras dimensiones emocionales y fisiológicas en que te encuentras sumergido. Para mí, la crítica era esa mirada expandida, una combinación entre los sentimientos interiores, las relaciones sociales que lo sustentan –o no– y el “ojo” multisensorial que percibe las cualidades físicas o formales. El cuerpo erotizado, “la sacralización del cuerpo” si quieren, era mi pretexto para decir que criticar algo es amarlo hasta sus últimas consecuencias.

Hoy en día esta postura me parece egoísta, pues asume que lo que se critica (o se ama) existe en función de dicha práctica. Como si se necesitara de una aprobación, estética o social, para obtener una entidad ontológica, aunque antropólogos como Friedrik Barth afirmarían que el  reconocimiento de los otros es tan importante como el auto-reconocimiento en la conformación de la identidad. En cambio, para Dave Hickey, la crítica es el equivalente a hacer air guitar (gesticular como si se tocara una guitarra ficticia), ya que “no produce conocimiento, no enuncia hechos y nunca se mantiene por sí misma. Ni salva las cosas que amamos (como nos gustaría salvarlas) ni arruina las cosas que odiamos”. Es un ejercicio meramente accesorio, paratextual.

AIr-Guitar1

¿Cuál sería el punto, entonces, del oficio de la crítica, que no supera a la obra de la que habla ni tampoco la antecederá? Quizás la necesidad, precisamente, de indicar todos los puntos de fuga, las áreas difusas, poco claras, donde una nueva visión podría tomar lugar. No se trata tanto de buscar errores y condenarlos como si fuéramos los guardianes de un secreto incorruptible. “En el acto de escribir sobre arte”, según Hickey, “presionas al lenguaje al punto de la fractura y tratas de hacer lo que la escritura no puede: representar la experiencia. De otra manera, omites el misterio esencial, que es la razón misma para escribir cualquier cosa”.

Si amas algo o a alguien, critícale. Si resiste tu crítica, adquirirá (a tus ojos) un valor intrínseco; si no, nunca valió la pena. A veces me entristece tener que criticar a los autores que más admiro, pues cuando he llegado a conocerlos esto me provoca una sensación agridulce que muy seguramente mis criticados (pues por lo general esto me ha pasado con hombres) no comparten. Me gustaría que aceptaran mi crítica y siguiéramos platicando afablemente sobre cuánto los admiro. Pero desde que saben mi postura ante ciertos temas, la conversación no fluye de la misma forma, como si temieran otra crítica, es decir, otro “ataque” en esa situación particular del vocabulario. Yo jamás había visto mis críticas como ataques, sino como la manera estándar de relacionarme con las ideas que aprendo, los textos que me las transmiten y los autores que los escriben. Así me lo enseñaron otros profesores, como ellos mismos. Los objetivos con los que enuncié la crítica y la manera en que fueron recibidos distorsionaron el contenido de la misma y entorpecieron el proceso de comunicación, que se volvió algo que ni el criticador ni el criticado pudieron decodificar por completo.

Esto lleva al punto de la finalidad de la crítica. En el mundo del arte, la crítica funciona no tanto para cambiar la obra sino para evaluarla categórica aunque temporalmente (ya sea que esté terminada o en proceso), y de paso a su autor(a). En un plano amoroso, la crítica no necesariamente conlleva un cambio en el comportamiento de la pareja, aunque su influencia puede percibirse más palpablemente. Pese a que en el ejercicio crítico puede llegar a percibirse una exigencia de cambio en una postura o perspectiva en particular, quizás conllevando una disculpa, esa no es la intención innata de la crítica. La postura prescriptiva y patologizante que busca problemas en todo (y que sólo su intervención puede resolver) es una forma no marcada del quehacer crítico. Como dice Hickey: “las mentalidades policiacas siempre lucharán por imponer lecturas correctas, alinear intenciones con resultados, y asociar causas imaginarias con efectos putativos, pero siempre tenemos una opción”. Quizás el punto, tanto en la vida amorosa como en la crítica de arte, no es tanto querer las cosas pese a sus defectos, o querer cambiarlas por versiones más “correctas”, sino tomar el siguiente paso: buscar o crear nuevas representaciones y reflexiones que todo el tiempo sean incluyentes y fragmentarias, emancipadoras y flexibles. ¿Cómo voy a conseguir escribir siempre con una perspectiva de género, decolonial, consciente del antropoceno? Una semilla de futuro, una muestra de lo que está mal y puede cambiarse (y casi todo puede cambiar, salvo la muerte) me parece un buen legado que dejar al mundo. Ayudarnos a aceptar que la casa está tan infestada de plagas que más vale quemarla a ras del suelo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s