Odio y miedo en la era del nuevo terrorismo

Un día antes de la primera presentación de Sobre vivir Tijuana, un viernes 13, tuvieron lugar los ataques terroristas de París. De la cascada de información que atentados como éste provocan en los espectadores y telespectadores, el elemento que tocó una cuerda más sensible en mí fue el del concierto de Eagles of Death Metal. Josh Homme no estaba en esa gira y ninguno de los miembros de la banda murió en el Bataclan, pero la idea de tal cercanía está relacionada con lo que Judith Butler decía en su artículo sobre los ataques: “La mayoría de las personas que conozco dicen que están en un ‘punto muerto’, incapaces de pensar en profundidad acerca de la situación. Una forma de pensar en ello tal vez llegue con la invención de un concepto de duelo transversal – considerar cómo se produce la métrica del lamento, cómo y por qué los asesinatos en el café me conmueven con mayor intensidad que los ataques en otros lugares”. El grado de cercanía o, como diría Renato Rosaldo, de “invisibilidad” cultural, determina nuestra empatía e identificación con determinadas tragedias y no con otras.

El odio es ignorancia puesta en ebullición por el miedo. Escuché discursos xenófobos de mis huéspedes, los quebequecos, quienes no obstante su inmensa hospitalidad hacia quienes aprendemos su lengua se muestran reacios a aceptar (debido a su historia particular con la iglesia católica) las muestras de fervor religioso en espacios públicos. En los últimos meses, previos a las elecciones federales y provinciales, hubo una fuerte campaña mediática en contra del uso del niqab (un velo que cubre la totalidad del rostro, sólo dejando entrever los ojos) al momento de prestar el juramento de ciudadanía canadiense y al momento de votar. El debate, azuzado por los medios de comunicación, parecía querer crear conflicto y escisión en una sociedad inherentemente plural. Los comentarios de varios quebecos, sobre todo los de más de 40 años, me sorprendieron por xenófobos e intolerantes. El agua que derramó el vaso sucedió precisamente la mañana posterior a los ataques de París, a unas horas de mi presentación. Un quebeco, a quien admiro por su arte pero no por sus opiniones políticas, hizo el comentario que los medios han predicado a todos los que tenemos miedo hoy en día: la culpa es del Islam. Y la culpa no es del Islam, sino por una parte de los gobiernos fundamentalistas que no saben dividir política de religión, y por la otra de las políticas intervencionistas de países primermundistas, como EE UU, Francia y ¡oh, Canadá! No pude más e hice uno de mis berrinches argumentativos, una provocación-discurso. El mensaje llegó al lugar equivocado del planeta: una conocida francesa, con la que jamás había interactuado antes en redes sociales, me acusó de celebrar la muerte de sus compatriotas; me deseó que ojalá me tomara una cerveza por cada asesinado para morir congestionado con 128 (ahora 130) botellas. Yo me preguntaba si ella ha brindado por los 43 normalistas, por las 60,000 bajas en mi país por la guerra contra el narco, por los 523 años de muerte ininterrumpida en Latinoamérica. O más aún, por los atentados que ISIS realizó en Beirut el mismo día que los de París. No respondí nada; ella estaba cegada por el coraje, ni siquiera se dio cuenta que mi argumento era contra la islamofobia y no contra el colonialismo (aunque ambos van de la mano y es difícil discernirlos). Yo también estaba enojado, tenía miedo como ella, y me desquité con lo primero que tuve enfrente: mi computadora.

Fueron días en los que había mucho resentimiento en el ambiente. ¿No lo sintieron? Poco después, muchos amigos compartieron memes y comentarios donde respondían a la amenaza que ISIS hiciera a nuestro país, entre muchos otros, con un sardónico “Bitch please, welcome to Mexico”. Arguían que tendrán que ser muy sanguinarios para aterrorizarnos con algo que no haya hecho ya el narco y la guerra para contrarrestarlo. Tristemente, esta actitud bravucona y fanfarrona es típica de “lo mexicano”, y sin ningún problema pudo haber formado parte de los ejemplos sobre el carácter violento y atemorizado del mexicano, oscilante en la dicotomía abierto/cerrado, de una ficticia nueva adenda a El laberinto de la soledad. El asunto de fondo no es que en el país haya peores atrocidades que las que ISIS nos propone imaginar, sino que debemos oponernos a cualquier forma de intervencionismo, sea en nuestro propio territorio o en el de otros países soberanos, e incluso aquello que no son reconocidos como tales (como Cataluña y Québec, ciertamente, pero también Palestina, y México con relación a EE UU). Lo cierto es que hay muchas conexiones entre la historia de política exterior estadounidense en el continente americano y la historia de las intervenciones en Medio Oriente, desde el Destino Manifiesto, pasando por la Guerra del Golfo, hasta llegar a nuestros días.

La política intervencionista de Estados Unidos se ha transmitido ahora a los países francófonos a través de la guerra declarada por Francia, la cacería de brujas en Bélgica, los atentados en Malí, las muestras de apoyo por parte de los órganos internacionales de la francofonía, etcétera. En otro giro inesperado de la historia, el incremento de la seguridad nacional y la disminución de las libertades individuales no sucedieron en EE UU, sino en la Europa francófona. En estos momentos en los que parece que el odio está ganando en el mundo, amar al Otro es indispensable, un acto extremo de disensión. Ojalá no dejemos de salir y tomar las calles, que no nos arrebaten la posibilidad de volver a amar. Y ojalá ahora sí nos hermanemos con los pueblos que llevamos mucho tiempo sufriendo, como Palestina, Colombia, Nigeria, como México mismo.

El hecho de que no debemos sucumbir al odio no quiere decir que no hay que señalar las injusticias. Sé que he hecho daño y que no soy la persona adecuada para hacer esta afirmación, pero en un mundo cada vez más militarizado ya hay mucho dolor como para odiarnos más.

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