Walkman Vs. iPod

Recién terminé de leer Personal Stereo (Bloomsbury Academic, 2017), gran libro de Rebecca Tuhus-Dubrow que traza lo que supongo es la primera historia cultural del Walkman, reproductor de audio portátil que en los años 80’s propulsó cambios mayores en la industria musical y las relaciones sociales del capitalismo tardío, en una serie de discusiones que siguen siendo relevantes hoy en día, casi 40 años después de la puesta en venta del primer Walkman.

Personal stereo tuhus dubrow cover

Dividido en tres secciones (Novedad, Norma y Nostalgia), Personal Stereo es producto de una extensa investigación documental y etnográfica, en la que Tuhus-Dubrow recurre con frecuencia a entrevistas e historias de vida para reconstruir los aspectos macro y micro de su narración. Las dos primeras, Novedad y Norma, son un buen ejemplo de cómo transmitir información técnica a través de una escritura dinámica y, al mismo tiempo, conjugar las vivencias personales con fenómenos a escala nacional y global. Acertadamente ubica las barreras invisibles que impone el uso de audífonos en la esfera pública como centrales a la discusión sobre cómo la introducción de nuevas tecnologías afecta la vida cotidiana y nuestro comportamiento social:

“George Simmel remarked that the ‘metropolitan type’ generates a ‘protective organ’ as a defense against the sensory stimulation of the city as well as the proximity to countless strangers. The Walkman was arguably in part a physical manifestation of this protective organ” (p. 63).

La autora también ubica, en el contexto de la campaña “Home Tape is Killing Music” del Reino Unido, el origen de las angustias que la industria musical tradicional sentiría años después por la supuesta amenaza del MP3 (pp. 59-62). Asimismo, traza una genealogía de los formatos de audio (de la cinta magnética al CD, y de ahí al MP3) que nos permite observar la dimensión material de la música en formato digital (pp. 89-91).

Pese a ser una lectura rápida y placentera, empecé a tener ciertos recatos cuando llegué a la última sección, Nostalgia. Tuhus-Dubrow comienza su libro con la historia de un niño al que, habiendo vivido siempre bajo la influencia del iPod y el smartphone, la BBC le asignaba un Walkman para utilizarlo durante una semana y escribir sobre su experiencia. Durante todo el libro se mantiene en pausa dicha discusión sobre las diferencias de percepción frente a cambios tecnológicos entre la “generación Walkman” (es decir, quienes vieron el ascenso y caída del aparato) y la “generación iPod”, básicamente a partir de la década de 2000, para quienes el Walkman es, a lo mucho, una reliquia del pasado, y que en el peor de los casos la palabra no les dice nada. El tono imparcial y reflexivo del libro se ve radicalmente alterado al discutir los recuerdos y otros aspectos subjetivos que conforman la nostalgia por un aparato sólo en apariencia “obsoleto” (pues 2014 y 2015, dice Tuhus-Dubrow, fueron grandes años para los Walkman vintage en eBay y las compañías fabricadoras de cassettes). La autora busca responder por qué, en una época exacerbada por la mediación digital, ha surgido una nostalgia fetichista y un mercado “alternativo” para las tecnologías análogas. A las respuestas que ofrece (sensación de unicidad, experiencia táctil, especialización) yo añadiría la de escala, aunque esta noción no es visible si nos fijamos exclusivamente en el Walkman y ofuscamos las aportaciones de sus sucesores. Además de poder almacenar más canciones que cualquier cassette en el mundo, con el iPod ya es posible no sólo organizar dentro del aparato mismo una colección de canciones por álbum, sino también por artista, género, año, entre muchos otros parámetros. Y aunque las “playlists” del iPod parecieran ser una versión skeumórfica de las home tapes (cintas grabadas por el usuario mismo, casi siempre para uso doméstico o personal), la diferencia es que ahora un mismo MP3 puede formar parte de diversas listas de reproducción, mientras que una home tape creaba copias distintas de cada canción que eran independientes de su fuente. De esta forma, la atomización de la música en canciones facilitó su redistribución y la lógica combinatoria pseudo-aleatoria de la función shuffle.

home-taping-is-killing-music-image

Visto desde esta perspectiva, el Walkman representa un momento fundamental de cambio entre las modalidades continua y discreta de reproducción musical, otra noción constantemente aludida en el libro, en la cual subyace la distinción entre análogo y digital (ver Moseley 2015). El Walkman (así como sus predecesores: el boom box, la grabadora, el car stereo, incluso el tornamesa), favorecen por sus características analógicas una reproducción continua del formato de audio. Algo como la función shuffle del iPod era impensable en la mayoría de los reproductores anteriores (algunas excepciones eran las jukeboxes o rockolas, de carácter más comercial, así como contados aparatos caseros de alta definición que podían almacenar varios CDs y reproducir pistas de cada uno de ellos). Sin embargo, esta diferencia entre reproducción continua y discreta, así como el desplazamiento de la primera por la segunda debido a avances tecnológicos, es considerada por Tuhus-Dubrow como algo negativo que limita la experiencia original del usuario: “If the Walkman gave us an ideal amount of control, its successors have given us too much. But they’ve also robbed us control—of self-mastery and autonomy” (p. 105). Aquí quiero centrar la discusión en torno a si la función shuffle genuinamente nos libera de escuchar “album filler”, esas canciones de relleno en un disco que nos saltamos cada vez que podemos. Para los nostálgicos de lo análogo, esta “liberación” resulta en una pérdida, pues el usuario ya no se ve “forzado” a escuchar todo el disco (aquí regresamos a la paradoja de la “enabling constraint” que representa cualquier técnica, según Manning y Massumi 2014). Se crea así un prejuicio en el que quien escucha cassettes (aunque también aplica para los vinilos y, en parte, los CDs) tiene mayor “grado de atención” y es “más generoso” con la música que quien escucha MP3 (pp. 104-105). Mi vivencia personal con estas mismas tecnologías y formatos me impide estar de acuerdo con una caracterización tan estereotípica de la “generación iPod”, y en los siguientes párrafos explicaré por qué.

Yo llegué a tener un Walkman, aunque probablemente era una versión pirata china, a finales de los 90s. También tuve varios Discmans, y en la universidad me regalaron mi primer iPod. Pese a que por supuesto compré y atesoré cassettes y CDs, fue hasta el iPod y los MP3 (que comencé a bajar en 2000 desde plataformas post-Napster, como Kazaa, LimeWire o iMesh) que sentí una apropiación personal de la música similar a la que narra Tuhus-Dubrow en Personal Stereo. Mi iPod era el modelo Shuffle, que salió en 2005, y sus dos únicas formas de reproducción eran lineal (sin importar realmente dónde empezaba o terminaba un álbum) o shuffle, y no contaba con playlists. No tenía mucha memoria (creo que 1 GB, por lo que no tenía sino unas 200 canciones) ni pantalla digital, como el modelo clásico o el Nano; su rueda tampoco era sensible al tacto. Si pensamos en el Walkman como un aparato especializado, de acuerdo a Tuhus-Dubrow, el iPod Shuffle lo era mucho más: incluso si nunca salías del modo de reproducción shuffle estabas forzado a restringirte a las canciones que habías descargado. Y las combinaciones eran simplemente inesperadas y productivas: una “album filler” de Tool seguida por la interpretación de un ensamble de música renacentista, seguida de Jack Kerouac leyendo sus textos con música de Steve Allen. Incluso las canciones que no parecían tener mayor interés en el contexto de un disco resultaban interesantes por sí mismas, no por el conjunto en el que se reprodujeran. Al contrario de Tuhus-Dubrow y los periodistas que cita, para mí la posibilidad de romper el orden “intencionado” de SHUFFLE portada.inddreproducción me parecía una posibilidad mucho más interesante y liberadora que la de seguir las “indicaciones” del artista (o del productor, porque es una ilusión pensar que todos los aspectos del disco le corresponden a la artista, sobrecargándole de aura creativa). Pronto me adentré en el algoritmo de reproducción pseudo-aleatoria que rige dicha función, y mis reflexiones al respecto nutrieron el proceso creativo y la estructura formal de Shuffle: poesía sonora, sobre todo en la primera versión del libro (antes que la introducción fuera profundamente editada para atraer a un público menos “académico”).

Aunque sigo escuchando discos de principio a fin (sobre todo durante mis primeros acercamientos, y cuando se trata de “discos concepto”), podría decir que efectivamente tengo un “grado de atención” menor a exposiciones prolongadas de músicos o géneros específicos. Salvo en contadas excepciones (como cuando conseguí la boxset conmemorativa de Nirvana, With the Lights Out), no me paso todo el día escuchando un solo grupo o artista. No tengo la capacidad de retención de mi madre, por ejemplo, quien puede poner la misma canción varias veces al día sin que ello le reduzca su placer al escucharla. Yo siempre quiero escuchar más música, y mientras más variada, mejor. Sin embargo, creo que por lo mismo tengo una actitud menos condescendiente para con las canciones de relleno. Verse “forzado” a escuchar allbum filler es como decir que se le está haciendo un favor por prestarle atención. En cambio, la posibilidad de colocar cualquier canción, incluso las de relleno, en un indeterminado número de órdenes de reproducción nos permite apreciarlas por sus propias características. Incluso llega a pasar que una asociación inesperada con otras piezas nos la muestra desde ángulos inesperados y hasta impensables desde su álbum y orden originales.

En suma, para mí la función shuffle me proporcionaba esa sensación de maestría y autonomía que los sucesores del Walkman supuestamente nos quitaban. Tuhus-Dubrow reconoce que las angustias generadas por el smartphone y el iPod fueron similares a las que provocó el Walkman en su época. Por ello es que coincido completamente cuando dice que “the main reason the Walkman and other analog technologies never really bothered me is that I grew up with them” (p. 109). De manera similar, las desventajas que algunos encontraban en la reproducción pseudo-aleatoria del shuffle fueron para mí una mina creativa y un generador de estrategias formales de escritura, sin por ello dejar de reconocer (gracias a libros como Personal Stereo) las genealogías y los orígenes de las técnicas y tecnologías que dieron cauce a ese nicho de creatividad.

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