Sebas

Para mi hermano Joel Sebastián García Meza, atacado por porros en Ciudad Universitaria el 3 de septiembre de 2018.

Intento sobreponerme del shock escribiendo. Quisiera que estas notas no hablaran sobre mí sino sobre Emilio, sobre Naomi, sobre Sebas, ese al que todos ustedes llaman Joel (“Joe”, según el Huffington Post) y que para mí, mis hermanas y mi padre siempre ha sido Sebas y nada más. Claramente me cuesta trabajo desprenderme de su historia. Cuando sucedió lo de Ayotzinapa escribí en mi cuaderno que sentía como si me hubieran arrebatado a un hermano. Hoy, casi cuatro años después, verdaderamente casi me lo quitan. Vivir a la distancia hace todo más difícil. A veces me entero más rápido de algo en el imparable flujo de información en redes sociales que a través de la familia. Por una parte lo agradezco y por otra pienso que Sebas se está convirtiendo en un símbolo, y no quiero que sea un símbolo (una abstracción de su presencia), lo quiero vivo y lo quiero aquí.

Como dijo mi hermana Jimena en la nota que viralizó la noticia, Sebas es un chico sensible y listo. Antes de entrar a CELA estudió en el CCH sur, como ellas y como yo. Todo lo que se relacione con ese sistema escolar lo defenderemos sin dudarlo. Una foto de Alfredo Domínguez en La Jornada muestra a Sebas atento a la curación de Emilio, todavía sin heridas aparentes. Mi yo-sobreprotector pregunta por qué no se alejó de ahí, pero la secuencia de fotos de Diego Uriarte (demasiado difundidas como para seguir reproduciéndolas) parecen explicar en gran medida la sucesión de los hechos. En la foto de Domínguez no aparece Naomi. La siguiente es la ahora “clásica” en la que se observa cómo trata de defenderla de un palazo; para entonces Sebas ya tiene la nariz rota. Las imágenes en las que aparece caído seguramente corresponden a cuando ya recibió las puñaladas. Agotado pero con la adrenalina al cien, mira retador a sus agresores mientras Naomi recibe la parte más dura del embate. Salvador que se vio salvado, uno no podía irse sin la otra y ambos darían lo que fuera por sacarse de allí. Pero Sebas ya no podía levantarse. Atados en la necesidad de cuidarse, solos no habrían tenido oportunidad de contar la historia de su propia boca. Naomi linda, gracias por tu actuar.

Que quede claro: los porros lo acuchillaron, lo vieron tendido y se ensañaron como los chacales que son.

¿Qué es un porro? A mis amigxs extranjerxs les ha costado trabajo entenderlo y a mí explicarlo. En resumidas cuentas, son grupos estudiantiles (el clasismo me tienta a decir pseudo-estudiantiles) pagados por cotos de poder dentro de las universidades públicas mexicanas. ¿Paramilitares? La gran mayoría no tiene formación militar, pero sí son grupos de choque. Tampoco tienen ideología propia: los contratan para pegarte, no para hacerte cambiar de opinión. ¿Esquiroles? Sí tienen la función de quebrantar movimientos sociales (o más bien estudiantiles). Pon tú que tu profe contrata unos gandules para pegarte en la salida de la escuela, ahí donde la jurisdicción es borrosa. Los trabajadores de Auxilio UNAM nunca te pueden decir quién te agredió, pero siempre están presentes. Creo que la definición más precisa que puedo formular es una “fraternidad de matones”: creen que pertenecen a algo prestigioso, usan sus jerseys de fútbol americano como los Hell’s Angels usan sus parches: distintivos y uniformes a la vez. Debido a que Auxilio UNAM tiene prohibido el uso legítimo de la fuerza (producto de décadas de lucha estudiantil), el máximo órgano de seguridad universitaria se suele asociar con grupos porriles para hacer el trabajo sucio que ellos no pueden. No daré nombres porque hay fotos y videos por todos lados en la red que hacen evidente dicha asociación. El problema de los porros en la UNAM es, como el narcomenudeo, producto de una política extraoficial de no interferencia por parte de los directivos. Nadie quiere echarse encima a académicos, administrativos (protegidos por los sindicatos) y estudiantes al mismo tiempo. Cualquier solución viable a estos dos problemas implicaría tener un control sobre la Universidad que ningún rector ha tenido desde hace muchos años. Sería arruinar una “bella tradición” en los cuadros de poder en la Universidad, estrechamente ligados a la estructura política mexicana que ya conocemos.

En la mañana me contó mi papá que lo peor ya había pasado. Hablamos de sus días de activismo. Es difícil no encontrar similitudes con los eventos previos a la masacre de Tlatelolco en 1968, o con el “Halconazo” de 1971. Algo sí ha cambiado: en ese entonces si un activista era víctima de un atentado debían esconderlo, y a todas las personas involucradas con él. Si no me creen vean el film Francisca (¿De qué lado estás?) (dir. Eva López-Sánchez, 2002), que retrata la guerra sucia en México y la infiltración de grupos de seguridad en la UNAM. Hoy los que se deben esconder son ellos. Son las patadas de ahogado del dinosaurio, pero “es un monstruo grande y pisa fuerte”. La injerencia de los porros en los movimientos estudiantiles de la ciudad de México es cíclica, recurrente (tres generaciones enfrentándolos: mi padres, mis hermanxs y yo). Sin embargo, hoy tienen nombres y perfiles, ellos mismos nos dan los metadatos para ubicar su paradero, son pendejos a más no poder. Dejaron de ser una sombra que mete la dentellada y se esconde a relamerse los dientes. Nos van a topar, a mí y a los miles que se reunieron ayer en CU.

Entendemos que mi padre haya dado una respuesta positiva al segundo comunicado de Graue porque en su época un rector no se habría dignado a dirigirnos la palabra (y a éste casi tuvimos que jalarle las orejas). Pero sus hijxs exigimos más.

Enrique Graue Wiechers: lxs familiares de Sebas somos egresadxs de la UNAM con proyectos activos en la comunidad universitaria. Si de veras te importa algo nuestra aportación, asegúrate que se terminen los cacicazgos en el CCH. Como el problema del narcomenudeo, los porros y la estructura parapolítica que la sustentan son culpa de la desidia y la fragilidad de tu rectorado y el de incontables funcionarios antes que tú. El tiempo del dinosaurio ha terminado, deja de avergonzar a nuestra casa de estudios con tus mañas retóricas. Nos debes una disculpa a todxs.

Porros: la sociedad que los vio nacer ya no existe. Hay grietas y recovecos en los se pueden esconder, pero tenemos herramientas (la red, una comunidad de apoyo bien despierta) para sacarlos de ahí.

Reporteros: vinieron muchos a zopilotear, a ustedes les pido que si realmente les importa mi hermano no dejen que sea noticia de un día.

Y para quienes nos apoyaron no tengo sino bellas palabras. Hay quienes nos dieron ánimo sin siquiera conocernos, quienes aportaron información que a veces resultaba riesgoso conseguir. Llegaron alrededor de 250 personas a donar sangre para Emilio y para Sebas. A todxs ellxs, a ti que lees esto, a quienes abarrotaron ayer Rectoría, a mis amigxs y a mi pareja, gracias. Ustedes son la semilla de ese cambio con el que soñamos lxs escritorxs de mi generación. De todo corazón, gracias.

RESPETO A LA AUTONOMÍA DE LA UNAM

NO MÁS CACICAZGOS EN LA UNAM

FUERA PORROS DE LA UNAM

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Archivos Secretos: Víctor Rosas en Tijuana

En 2013, Víctor Rosas estaba radicando en Tijuana. Yo lo conocí poco antes, en el Festival de Poesía Navachiste, en su natal Sinaloa. Durante esa época pasó bastante tiempo en las casas donde viví, primero en la calle Cuarta y después en el Callejón Sarabia, ambos en la Zona Centro. Pasábamos horas leyendo, fumando y escuchando música; él no se iba y yo tampoco veía razón para decirle que se fuera. Me gustaba escucharlo cantar, era como tener un concierto privado diariamente.

Durante algún tiempo tomó prestada mi grabadora de audio, a la que insertó una tarjeta de memoria y convirtió en un reproductor portátil. También grabó algunas piezas por su cuenta, pero de eso no me enteré sino mucho tiempo después, cuando revisé la tarjeta de memoria y descubrí lo que ahora llamo sus “Tijuana Sessions”. El 3 de marzo de ese año nos reunimos él, Karloz Atl y yo en mi casa, unos días antes de que yo conociera a quien sería mi pareja hasta mi partida de Tijuana, en 2014. Rosas hizo unas 11 grabaciones ese día, de las cuales unas cuatro eran pruebas de sonido, “errores de dedo” o pistas demasiado cortas para ser significativas. En total, siete de ellas tenían suficiente duración y relevancia para sostenerse como piezas independientes, que en su conjunto retrataban una amena sesión a la que he denominado Archivos Secretos: Tijuana Session 2013. Quizás su única función era la de ensayar y permitirle a Rosas escuchar su propia voz, pero para mí se volvió un bootleg, una obra en sí misma.

La primera pieza es “Cruz”, que por ese entonces Rosas estaba refinando y cuya versión aparecería posteriormente en su Soundcloud, con un efecto de reverb que impide escuchar con claridad la bella letra de la canción. A mi parecer, la versión de Archivos secretos es más cercana al estilo de Rosas en vivo. Al fondo se escucha a Atl tecleando una computadora, y a mí haciendo libros cartoneros.

Y estoy viéndote en la cruz entero

y estás viéndote en la cruz como te ves

y sus llantos que son ríos y las flores

y su brillo tanto al centro como adentro.

Y estás bien cuando en la cruz, que aún no sabemos.

Y estás bien cuando en la cruz, pero de Malta.

Y su adiós que me dolió mientras caía.

Ahora tiene… igual que ayer.

Ahora emana sólo amor, igual que ayer.

Y estás bien cuando en la luz, que aún no sabemos

y estás bien cuando en la luz, que aún no se ve.

Y esa estrella que allá arriba, aunque es de día,

manda un brillo a toda hora, es atemporal.

Y estás viéndote en la cruz…

Y hazte clavo y hazte clavo…

Y has pecado y has pecado, y sálvate.

Rosas en TJ

Rosas en el Centro Cultural Artes del Libro, Tijuana, 2012

La segunda pista es un breve puente musical, al que le sigue una canción que Rosas cantaba mucho en ese entonces, “Los grillos”. Decidí llamarla así por los primeros versos (“Cri, cri, cri, los grillos en la noche después de llover”), y porque no conocía su verdadero título. Esta pieza no aparece en ninguno de los dos EPs que ha subido a Soundcloud, lo que me parece una lástima, pues podría llegar a ser una canción tan representativa de Rosas como “P de Papá”, “Santitos”, “Silence” o “Fin delfín”.

En “Conversaciones” se registra parte del espíritu reinante ese día. Atl y Rosas intercambiaban información por Facebook. Atl se sorprendía de que él y Rosas hubieran compartido tantas cosas juntos en el Festival Navachiste de ese año, y apenas unos meses después estuvieran de nuevo tan cerca uno del otro. Al final de esta pieza, Rosas confesaba: “Estoy grabando archivos secretos”.

Sigue “El ayer”, incluida en el EP que por esas fechas lanzaría Rosas, titulado Nacemos originales/Morimos copias (2013). Nuevamente, la letra de esta canción es más nítida en esta grabación que en la de estudio. Esta sesión muestra una faceta de Rosas más íntima, con la que yo había estado más en contacto, y que contrasta con los EPs disponibles en línea.

Rosas solía ensayar con frecuencia sus canciones en mi casa. Ese día, por alguna razón, puse más atención a lo que cantaba, y me conmovió la siguiente letra:

Muy temprano a la mañana

se despierta y va a trabajar.

Es de noche y el zorzal

ya despierto empieza a cantar.

Son tres cuadras y allá va

el colectivo que iba a tomar.

Toma otro y se sienta,

se adormece, empieza a soñar:

una playa lejos de acá

con caracoles y su mamá,

quien le dice: “Ven para acá,

come una fruta y vete a nadar”.

Son tres cuadras y allá va,

su parada quedó allá atrás.

Otra vez llegando mal,

sigue así y te van a echar.

Ah, uh. Ah…

Muy temprano a la mañana

se despierta, empieza a soñar.

rosas grafógrafo

Rosas en el Grafógrafo, Tijuana, 2012

“No sabía que era una historia”, le dije, y él me respondió, quizás ya un poco drogado, con el nombre de la canción y su autora original: “’El zorzal’, de Juana Moriera”.

La última pista de Archivos secretos es “Los días cantandos”, una de las más tocadas de Nacemos originales/morimos copias. También era una de las favoritas de Rosas en ese entonces y de muchos de los que conocíamos su repertorio.

Me gusta que este bootleg no incluyera algunas de sus canciones más populares. Eso lo hace todavía más valioso, representativo de un momento de transición entre sus dos EPs. Por cierto, yo recuerdo que había otro disco de Rosas previo a Nacemos originales, una grabación con una banda en vivo que incluía un bello cover a “Perla Blanca” de Hello Seahorse. Está por salir en estas fechas una colaboración suya con Fonobisa en Ready Set Sessions.

Siempre que escucho a Rosas tengo la sensación de que hace falta una guitarra más, quizás también bajo o batería. Su voz es muy evocativa y cautivadora, pero ¿cómo serían sus piezas si tuvieran los acompañamientos de Leiden, o de Valentina González, dos autoras a las que Rosas admira grandemente? Esto me recuerda una ocasión en la que Rosas cantaba en el Pasaje Rodríguez cuando se nos acercó Gonzalo, todo un personaje por sí mismo. Gonzalo traía una guitarra, comenzó a tocarla y a sermonear a Rosas: “Mira, esto es un acorde; esto es una progresión, etcétera”. Gonzalo percibía los mismos huecos en las piezas de Rosas que yo, pero su actitud fue demasiado pedante como para que Rosas lo tomara en serio. De regreso a casa me dijo: “Qué hombre tan enfadoso”, a lo que le respondí, no sin cierta sorna: “Pues la verdad a veces tú eres así de enfadoso”. No me respondió y seguimos caminando.

No sería sino tres años después, al encontrar los archivos en mi grabadora, que comencé a pensar en ellos como una unidad temática. Primero quité las piezas que no fueran lo suficientemente significativas. Sin embargo, la inclusión de “Musical” y “Conversaciones” como parte integral del disco pone en duda la inutilidad o falta de valor en las piezas que omití. ¿Qué es “legítimo” para una producción discográfica? ¿Cuándo se considera que una grabación es defectuosa, y cuándo es exitosa?

Archivos secretos muestra ese lado subjetivo inherente a todo proceso de editorialización. Para Matteo Treleani, la editorialización se refiere a la recontextualización de obras audiovisuales en un entorno digital. Los archivos en mi grabadora pasaron por varias etapas para finalmente poder ser discernibles como una obra artística. En ese proceso, una mirada crítica es fundamental para realizar este trabajo. Primero tuve que descubrirlos o redrescubrirlos en mi grabadora, y hasta 2016 los descargaría a mi computadora y los ordenaría en una carpeta separada. Durante meses me recordé a mí mismo que debía editar los metadatos para que adquirieran cierta “identidad” y dejaran de ser sólo 130303_002.mp3, 130303_004.mp3, etcétera. Finalmente, tuvimos que subirlo a internet y acompañarlo de esta reseña para que la red intertextual en la que se sustenta fuera visible y significativa. Este proceso para “hacer al audio discernible” ha sido descrito por Darren Wershler y Jason Camlot en sus “Theses on Discerning the Reading series”, quienes afirman que una implicación inmediata de la mediación digital del sonido es su capacidad de capturar un evento efímero y reproducirlo posteriormente, lo cual “hace posible un análisis microtemporal […]. Las formas de onda pueden leerse, compararse, etiquetarse y analizarse para todo un rango de información (prosódica y de otro tipo) imposible con el texto”. Para Wolfgang Ernst, una grabación en audio esconde “una memóire involontaire de la acústica del pasado, no prevista para la tradición: una memoria ruidosa, inaccesible para el alfabeto u otro registro simbólico, añadido por el canal de transmisión (el proverbial medio en la Teoría de la comunicación de Claude Shannon)”.

La Tijuana Session ha sido posible como idea creativa solamente por el acto mismo de la grabación. La “memoria ruidosa” o “involuntaria” que acompaña estas piezas me permitió reconstruir la tarde en que nos reunimos Rosas, Atl y yo para beber, fumar, escribir, hacer libros, tocar y escuchar música. Esta reconstrucción posibilitó un “análisis microtemporal” sobre estas grabaciones: el grano de las voces, las movidas de la tarde. Sin ellas, todas estas relaciones se habrían perdido en el efímero acto. Parafraseando lo que dice Roland Barthes sobre la fotografía, el archivo de audio no es sólo la copia de un momento pasado, sino el trazo indexal surgido en el momento mismo del que forma parte. Es representación y evidencia a la vez, tal y como estas canciones son reproducciones de otros momentos similares, que a la par se vuelven únicas por la autogénesis o autopoiesis de la grabación.

Ni Rosas ni yo pensábamos en nada de esto cuando él le puso REC a la grabadora, ni cuando yo comencé a concebir las piezas resultantes como un bootleg. Sin embargo, el proceso me dio la posibilidad de reflexionar en torno a temas que he estado abordando en PoéticaSonora, como son la editorialización de archivos sonoros, las metodologías para estudiar el sonido, y la relevancia del formato audio para el análisis literario y la crítica del arte. Como resultado queda este disco. Ojalá que así fueran todas las críticas y siempre tuvieran un producto artístico; o que las reseñas produjeran un disco y no al revés. No sé si puede considerarse esto como un proceso de investigación-creación; yo lo veo como un “regalo” en su sentido más ritual.

Odio y miedo en la era del nuevo terrorismo

Un día antes de la primera presentación de Sobre vivir Tijuana, un viernes 13, tuvieron lugar los ataques terroristas de París. De la cascada de información que atentados como éste provocan en los espectadores y telespectadores, el elemento que tocó una cuerda más sensible en mí fue el del concierto de Eagles of Death Metal. Josh Homme no estaba en esa gira y ninguno de los miembros de la banda murió en el Bataclan, pero la idea de tal cercanía está relacionada con lo que Judith Butler decía en su artículo sobre los ataques: “La mayoría de las personas que conozco dicen que están en un ‘punto muerto’, incapaces de pensar en profundidad acerca de la situación. Una forma de pensar en ello tal vez llegue con la invención de un concepto de duelo transversal – considerar cómo se produce la métrica del lamento, cómo y por qué los asesinatos en el café me conmueven con mayor intensidad que los ataques en otros lugares”. El grado de cercanía o, como diría Renato Rosaldo, de “invisibilidad” cultural, determina nuestra empatía e identificación con determinadas tragedias y no con otras.

El odio es ignorancia puesta en ebullición por el miedo. Escuché discursos xenófobos de mis huéspedes, los quebequecos, quienes no obstante su inmensa hospitalidad hacia quienes aprendemos su lengua se muestran reacios a aceptar (debido a su historia particular con la iglesia católica) las muestras de fervor religioso en espacios públicos. En los últimos meses, previos a las elecciones federales y provinciales, hubo una fuerte campaña mediática en contra del uso del niqab (un velo que cubre la totalidad del rostro, sólo dejando entrever los ojos) al momento de prestar el juramento de ciudadanía canadiense y al momento de votar. El debate, azuzado por los medios de comunicación, parecía querer crear conflicto y escisión en una sociedad inherentemente plural. Los comentarios de varios quebecos, sobre todo los de más de 40 años, me sorprendieron por xenófobos e intolerantes. El agua que derramó el vaso sucedió precisamente la mañana posterior a los ataques de París, a unas horas de mi presentación. Un quebeco, a quien admiro por su arte pero no por sus opiniones políticas, hizo el comentario que los medios han predicado a todos los que tenemos miedo hoy en día: la culpa es del Islam. Y la culpa no es del Islam, sino por una parte de los gobiernos fundamentalistas que no saben dividir política de religión, y por la otra de las políticas intervencionistas de países primermundistas, como EE UU, Francia y ¡oh, Canadá! No pude más e hice uno de mis berrinches argumentativos, una provocación-discurso. El mensaje llegó al lugar equivocado del planeta: una conocida francesa, con la que jamás había interactuado antes en redes sociales, me acusó de celebrar la muerte de sus compatriotas; me deseó que ojalá me tomara una cerveza por cada asesinado para morir congestionado con 128 (ahora 130) botellas. Yo me preguntaba si ella ha brindado por los 43 normalistas, por las 60,000 bajas en mi país por la guerra contra el narco, por los 523 años de muerte ininterrumpida en Latinoamérica. O más aún, por los atentados que ISIS realizó en Beirut el mismo día que los de París. No respondí nada; ella estaba cegada por el coraje, ni siquiera se dio cuenta que mi argumento era contra la islamofobia y no contra el colonialismo (aunque ambos van de la mano y es difícil discernirlos). Yo también estaba enojado, tenía miedo como ella, y me desquité con lo primero que tuve enfrente: mi computadora.

Fueron días en los que había mucho resentimiento en el ambiente. ¿No lo sintieron? Poco después, muchos amigos compartieron memes y comentarios donde respondían a la amenaza que ISIS hiciera a nuestro país, entre muchos otros, con un sardónico “Bitch please, welcome to Mexico”. Arguían que tendrán que ser muy sanguinarios para aterrorizarnos con algo que no haya hecho ya el narco y la guerra para contrarrestarlo. Tristemente, esta actitud bravucona y fanfarrona es típica de “lo mexicano”, y sin ningún problema pudo haber formado parte de los ejemplos sobre el carácter violento y atemorizado del mexicano, oscilante en la dicotomía abierto/cerrado, de una ficticia nueva adenda a El laberinto de la soledad. El asunto de fondo no es que en el país haya peores atrocidades que las que ISIS nos propone imaginar, sino que debemos oponernos a cualquier forma de intervencionismo, sea en nuestro propio territorio o en el de otros países soberanos, e incluso aquello que no son reconocidos como tales (como Cataluña y Québec, ciertamente, pero también Palestina, y México con relación a EE UU). Lo cierto es que hay muchas conexiones entre la historia de política exterior estadounidense en el continente americano y la historia de las intervenciones en Medio Oriente, desde el Destino Manifiesto, pasando por la Guerra del Golfo, hasta llegar a nuestros días.

La política intervencionista de Estados Unidos se ha transmitido ahora a los países francófonos a través de la guerra declarada por Francia, la cacería de brujas en Bélgica, los atentados en Malí, las muestras de apoyo por parte de los órganos internacionales de la francofonía, etcétera. En otro giro inesperado de la historia, el incremento de la seguridad nacional y la disminución de las libertades individuales no sucedieron en EE UU, sino en la Europa francófona. En estos momentos en los que parece que el odio está ganando en el mundo, amar al Otro es indispensable, un acto extremo de disensión. Ojalá no dejemos de salir y tomar las calles, que no nos arrebaten la posibilidad de volver a amar. Y ojalá ahora sí nos hermanemos con los pueblos que llevamos mucho tiempo sufriendo, como Palestina, Colombia, Nigeria, como México mismo.

El hecho de que no debemos sucumbir al odio no quiere decir que no hay que señalar las injusticias. Sé que he hecho daño y que no soy la persona adecuada para hacer esta afirmación, pero en un mundo cada vez más militarizado ya hay mucho dolor como para odiarnos más.

For the Rest of the Show: Majical Cloudz’s Final Concert

My first Majical Cloudz show was also their last one ever. Both Matthew Otto and Devon Welsh (the band’s DJ and singer) had mentioned that La Sala Rossa, in Montreal, was also the stage for their first show together, in which only the band’s partners and roomies would come to see them. Although this time, on March 10, 2016 it was full and tickets had sold out several days before, there was still an intimate feeling in the venue. Devon said he wasn’t sure how to conduct a good-bye concert, and he did the best he could, joking as much as possible. Before singing their first song, he reminded the audience this was Majical Cloudz’s final show; someone booed and Devon said something like (I’m paraphrasing), ‘You knew this. Don’t make it more difficult. Let’s do something, don’t boo for the rest of the show. Also, if you are here it’s because you’re into the band, so we have a longer set and we’re gonna sing all of the songs we have. Probably we won’t sing all the songs we have, but if we don’t, it’s okay.’

Matthew and Devon were visible at a glance, one almost behind the other, a red light defining their faces. A similar ambient was set up in an earlier concert this year, in Detroit. This was a very photogenic way of remembering them, an allegory of what the band had seemed to be throughout these years—Devon on the front, giving everything in each performance, and Matthew creating the essential sonic atmosphere.

I had the chance to meet Matthew offstage before even knowing he played in such a cool band. A day before the breakup’s official announcement, some colleagues from Concordia and I interviewed Matthew regarding his customized modular system, which he avoided referring to as an instrument. His remarks on how he’s modified an Electribe, along with other Korg synthesizers and guitar pedals, are very much in tune with current discussions on instruments and instrumentality, their intended use or stabilization versus the interpretive flexibility users can make of them, and the complex relational processes of agency established between humans and machines.

Otto is well aware of the sound limitations into which the Electribe (the very first synthesizer he ever had) was putting him. But Otto’s response, instead of getting rid of it, was to hack it and combine it with other devices in order to create a customized modular system. The search for more interesting and appropriate sounds for his creative endeavors, as well as a strong feeling for the materiality of the object (it fits in a case and is highly portable, ideal for touring) were two motivations behind Otto’s drive for customization. Instruments go through different periods of stabilization and change, and Otto’s modular device is a way of ‘opening up’ a technology that was being closed due to the prominence of keyboards and certain standardized sounds in synthesizers. In the interview, Otto described his customized system as an ‘open hood on something that might be sold as a product that just works in a certain way […]. It’s sort of a negotiation’ between him and the device.

How this negotiation is exercised is clear in the way Matthew treats indeterminacy and ‘failure’ in his creative process, which he definitely doesn’t sees as such. He pits different elements of the system against each other (say, one distortion pedal against a delay pedal, or a synthesizer through a series of pedals) to test all the possibilities they can offer. This, of course, is a gateway for ‘mistakes,’ which Matthew finds great. While he was showing us how two pedals were connected, a sound went out of control and he had to turn down the volume. Later on he confessed his inability to generate the sound he wanted due to the instrument’s constraints. During the Majical Cloudz final concert, something similar happened when the device got out of control at the beginning or ‘Silver Car Crash,’ right when Devon started screaming wildly, which forced them to start the song all over again.

majical cloudz set list

Final show setlist according to Setlist.FM. It doesn’t include “Childhood’s End,” which was played (watch first video).

These examples demonstrate up to which point things can’t be played the same twice with Matthew’s customized modular system, not even the same song. He also mentioned in the interview that every change in its setup implies a change in the way music is interpreted and performed. This is also probably behind the band’s official reason for separating—that they have explored all the sonic possibilities of their collaboration, and that it was time to move on in terms of their own styles. Indeed, some critics have noted how the two albums and two EPs in which Matthew and Devon worked together have all the same particular style. The band’s joke on playing all their songs in one set may not only point to the fact that Majical Cloudz had a very brief life. It also tells us about the aesthetic homogeneity behind it, and about the meditated and very brave decision to end the project at its highest point, after being nominated to the Juno Awards for best alternative album of the year and right before the ceremony. However, it is more than clear that their careers will be just as breathtaking as Majical Cloudz was, and now I’m just waiting to see a Dahlia show, Matthew’s new project.

La vida es partir: Tijuana de ida y vuelta

Escribir sobre Tijuana se convirtió  en mi solución para no olvidarla, y esto me trajo de vuelta más pronto de lo que esperaba. Mis primeros tres meses en Montreal los pasé afinando Sobre vivir Tijuana. Como en la canción de Santa Sabina, estando aquí no estaba. Bien sabía que habría cambios y permanencias en Tiyei durante el año y medio que me ausenté. ¿Cuáles fueron los cambios más palpables? Al llegar me sorprendió y entristeció el “pueblo fantasma” que dejó la ampliación El Chaparral en la garita de San Ysidro, en lo que alguna vez fuera la salida principal para peatones. Esta modificación, a su vez, propició la “taxificación” del transporte público en la Línea: ahora resulta más práctico tomar un taxi que arriesgarse a cruzar por las hileras de locales cerrados que escoltan el paso al puente peatonal, o rodear la glorieta para esperar el camión en una curva que no tiene paradero instalado. Otro factor de inminente cambio es el rumor confirmado del cierre del Zacaz, que dejará de tener su clásica ubicación entre las calles Primera y Constitución. El miedo de que el traslado a otro local cambie todo el ambiente es patente, y a nadie parece consolarle la posibilidad de que la nueva locación pueda tener (ahora sí) grandes ventanas, o quizás una terraza o un espacio al aire libre.

Lo que realmente hice fue comer birria, pozole y tacos de camarón, así como acumular libros y música. Me di cuenta que quiero ampliar mi investigación sobre los colectivos en Tijuana hasta la década de los 90s, por lo que compré libros como Detonación. (Contra) cultura menor y el movimiento fanzine de Tijuana (1992-1994), de Pedro Valderrama; Entre atracción y repulsión. Tijuana representada en el cine, de Juan Alberto Apodaca, y Jóvenes excéntricas. Cuerpo, mujeres y rock en Tijuana, de Merarit Viera, para explicarme con mayor profundidad el desarrollo del trabajo colectivo artístico en la ciudad en la antesala al siglo XXI. Aunque ya conocía la revista Hojalata, órgano impreso del colectivo Poeta No Lugar, me emocioné al encontrar un ejemplar en una librería de viejo del centro, junto con la antología Sístole/Diástole, de editorial Cantarsis.

Aunque no siempre les dé “like”, siempre sigo la pista a los artistas tijuanenses que tengo agregados en Facebook. El sábado en la noche, Paty Torres me dijo que el Mous-Tache celebraba su 5º aniversario con un set de varios proyectos, entre ellos Grenda, de quien ya había escuchado hablar. Fuimos ya demasiado tarde y no lo escuchamos a él, pero fue una grata sorpresa decubrir a Trillones, proyecto del chicalense Polo Vega que me confirmó una vez más lo mucho que tiene para ofrecer la escena musical de Mexicali. En el Mamut me vendieron un disco de Alex Perales, y me alegró ver a Dardin Coria de Sondiero Travesura entre los espectadores-bebedores. La misma Paty me mostró en su casa algunas de las canciones del nuevo disco de San Pedro el Cortez. Como siempre, es la música lo que más se mueve en la ciudad, la moneda de cambio de todo el aparato artístico.

Mientras escribo estos párrafos caigo en la cuenta que, como cuando escribí Sobre vivir Tijuana, no tengo nada qué decir de la ciudad per se. Nunca fui ni seré cronista de los tijuanenses 1) porque no soy tijuanense, y 2) porque no creo que una postura individual tenga representatividad absoluta sobre una entidad social o colectiva. Eso sería caer en la fácil trampa de los tropos colonialistas, como la metáfora, la metonimia y las sinécdoques. Lo que yo hago es especular y conceptualizar con base en Tijuana. Es lo que hice en mi tesis de maestría y mis artículos sobre Tijuana, y más claramente en este nuevo libro. Hablo de los hitos artísticos, culturales o sociales de la región que me tocó ver y que he podido estudiar. Nunca he pretendido decirle a los tijuanenses cómo ver o pensar su ciudad. Últimamente, entre los comentarios de algunos compañeros y conocidos tijuanenses, he llegado a sentir esa presión discursiva que me marcaba como “el chilango” o, como bromeaba Apodaca cuando hace tiempo le conté de este libro, “un chilango más hablando de Tijuana”. Puede que sí, pero un chilango enamorado de la ciudad, dispuesto a conocerla en las buenas y en las malas.

Esta nota tiene dos finales. El primero es una afirmación pública: sí, Sobre vivir Tijuana es una representación, pero a final de cuentas una representación que se sabe parcial y perfectible. Toda la manufactura humana, desde las máquinas más complejas hasta el lenguaje mismo, es perfectible. Escribir sobre Tijuana como el “foráneo” que soy (para usar el regionalismo chicalense) era el acto más atrevido que me podía imaginar. Y lo hice porque la Tijuana que conocí, la que me tocó vivir durante los últimos años, iba a cambiar irremediablemente, incluso si yo regresaba, incluso si no me ausentaba por demasiado tiempo. “La vida es partir”, le dije a mi madre hace poco, luego de saber sobre la muerte de mi tío más joven, y creo que aplica para todo, no sólo para prepararnos ante la inminencia de la muerte. Siempre estamos partiendo de un lugar, una amistad, una relación, una forma de vida. Es duro aceptar que todo cambia y nada es estable. Pero así es cualquier amor, por ejemplo, mi amor por Tijuana: una incertidumbre, la de intimar con el otro, o amar al prójimo if you will.

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El segundo es un final íntimo. Lo que más me fascinó de este viaje fue observar cómo mi acompañante iba conociendo, por primera vez en su vida, a Tijuana y el resto de México a través de la ciudad. Me parece increíble, desde mi particular trayectoria de vida, pensar en conocer antes a Tijuana que al DF. No por ello dejamos de compartir reacciones similares ante situaciones específicas. “Marica, qué fuerte”, me dijo al dar vuelta en el tramo del malecón más cercano al muro fronterizo. Acostumbrada a las fronteras del sur, menos fácticas o físicas que la México-EU, Aleja compartió una sensación que he visto en mí mismo, en otros mexicanos y extranjeros por igual, al contemplar por primera vez el muro tan de cerca. Me intriga mucho saber qué es lo que va a escribir al respecto, las cosas que crearemos juntos a partir de este encuentro. Más que un laboratorio, como García Canclini la calificó, Tijuana es más bien un campo en reacción constante con los cuerpos que ahí se disuelven, “mezclándonos lejos” como en el poema “Norte”, de Gerardo Deniz. La ciudad no es un sujeto ni un paciente, sino un agente de su propio ciclo de creación/descomposición. Re-conociendo nuestros cuerpos, Aleja se sumergió en México a través de su herida más visible. Se me confunden sus besos con la noche de Tijuana. “Algo de mi sustancia / se hacía matiz tuyo / en el albor de nuestro primer año” de (no) conocernos.

Sobre vivir Tijuana (adelanto)

Foto: Miriam Quino, 2011

Foto: Miriam Quino, 2011

El próximo sábado 14 de noviembre presentaré mi más reciente libro, Sobre vivir Tijuana. Textos mutantes fronterizos, en el marco del XIII Festival de Literatura del Noroeste. Aquí un adelanto de la primera parte, “La ciudad con todas sus palabras”. (Gracias a Martin Revilla y a Miriam Quino por sus fotografías.)

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Sobre mi sensación de extranjería en Baja California

Un consejo vital para quien llega a Tijuana desde el centro-sur del país: jamás llames refresco a una soda, ni coche a un carro. De inmediato identificarán que eres de fuera. También es necesario aprender un nuevo bagaje de coloquialismos. Aquí no te cabulean, te tiran carrilla; al encendedor no se le dice encencho sino laira (del inglés lighter), la gafa es la placa y a su vez la placa son los pepos (si se trata de la Policía Estatal de Protección, PEP). La presencia del slang chicano aún permea la frontera norte de México, con términos y frases como trucha, wachar (del inglés watch) o al cien.

No sirve de nada imitar el acento. Tarde o temprano algo te evidenciará. Y es que aquí es muy importante saber de dónde vienes y qué haces aquí. Incluso categorías como la ciudadanía pueden ser cuestionadas: en el aeropuerto de Tijuana se nos pregunta nuestro lugar de procedencia antes de recoger las maletas, en un retén disimulado pero constante y focalizado (nunca le preguntan a los güeros), y en la calle la policía nos puede decir que parecemos centroamericanos y hacernos las consabidas preguntas del himno nacional, los héroes patrios o el actual presidente de México.

A algunos grupos sociales les va mejor en la integración que a otros. Tristemente, los que peor la llevan son los primeros pobladores, los indígenas yumanos (reunidos en los pueblos k’miai, cucapah, paipai, cochimí y kiliwa), y los más recientes, los indígenas del sur de México. La frontera con Estados Unidos atrae a tantas personas que la certidumbre de las identidades colectivas se desestabiliza a cada momento. Además, desde su fundación, los “de afuera” (entiéndase por esto los estadounidenses y los mexicanos del centro-sur) han buscado definir e interpretar a Tijuana y (según algunos) lo convirtieron en un referente de los peores estigmas sociales.

Un seminario sobre estudios culturales fronterizos que impartí en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) cuestionaría quizás un poco esta historia que nos contamos todo el tiempo en los estudios “tijuanológicos”, sobre todo desde la publicación de Tijuana la horrible, en 2003. En esta clase fui testigo de cómo mis estudiantes prácticamente aprendían a conceptualizar a Tijuana bajo esa perspectiva estigmatizadora impuesta desde afuera. Para ellos, Tijuana era muchas cosas, pero no “la horrible”. Y en lugar de hacerlos comprender que dicha representación era un estereotipo, lo que hizo fue polarizar su visión entre una “Tijuana buena” (la que ellos felizmente habitaban) y una “Tijuana mala” (representada por el vicio, la prostitución, etcétera, en la que ellos nunca habían participado). No obstante, sí creo que el meollo sobre mi constante sensación de extranjería en  Baja California tiene que ver con las representaciones estigmatizadoras de Tijuana impuestas desde afuera, como si hubiera una especie de trauma histórico por ellas, aunque éste no sea compartido por el grueso de la población. La moraleja es que cada quien inventa la ciudad que quiere o no puede dejar de ver, como un fantasma que se aparece por las noches y en los momentos de recogimiento.

Lo cierto es que las representaciones “exógenas” sobre Tijuana (como las llamaría Félix Berumen), abundantes en la música, la literatura y el cine estadounidenses, lejos de tener una proyección “internacional” reflejan un fenómeno a nivel estrictamente regional y, en el mejor de los casos, a escala continental. Puede ser que en Norte y Latinoamérica sea conocida la existencia de Tijuana (aunque en ocasiones se dude incluso si está del lado mexicano o estadunidense), pero conforme nos alejamos de sus latitudes la información se vuelve difusa. Gente de Asia o África no conoce la ciudad, aunque sin duda reconocen el nombre de San Diego. Hay gente cuyo único referente de la ciudad, como sucede mucho en Latinoamérica, es la canción de Manu Chao. Al final, el problema de las representaciones se limita a unos pocos “contrincantes”: los “de afuera” (un término abarcativo de dimensiones tan ilimitadas como la imaginación lo permita) y los “auténticos” tijuanenses. Esta dicotomía constituye el “esqueleto” de todos los conflictos, simbólicos o fácticos, con diversos grupos minoritarios en Baja California.

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Foto: Martin Revilla, 2015

Foto: Martin Revilla, 2015

Mi Tijuana es, como la de los tijuanenses mismos, una ciudad imaginada. Yo la construí con base en mis gustos, mis necesidades, y mis posibilidades materiales y sociales (manutención, tiempo libre, etcétera). Pese a habitar en una gran ciudad como Tijuana, y como decía Debord sobre París, a partir de un texto de Chombart de Lauwe, el ciudadano promedio generalmente realiza un recorrido circular o triangular (de su casa al trabajo, escuela o alguna otra instalación). Así pues, ¿por qué no iba a ser imaginada también la exclusión que yo mismo me he impuesto? Tanto se habla sobre la auténtica Tijuana en oposición a su versión comercial, que la presión discursiva me obliga a afirmar que no soy de aquí aunque tenga tantas cosas que decir sobre Tijuana.

No quiero que la noción de extranjería que he estado desarrollando distorsione la lectura sobre mi experiencia en Tijuana: la ciudad fue sumamente generosa conmigo. Siempre digo que nunca hubo nada que me negara la región, menos por el hecho de ser chilango. Tal vez sólo una: la plena sensación de pertenencia (pues la de aquiescencia siempre la tuve, desde que llegué y dije: “Por fin estoy aquí”, o cuando volví y pensé: “Estoy en casa”). Y es que la pertenencia, a final de cuentas, es al parecer una noción auto-impuesta, nunca enteramente producto de las circunstancias sociales.

Así como el símbolo “Tijuana” está sobrecodificado por una serie de estereotipos estigmatizadores (por lo menos a nivel académico), también lo está la imagen del forastero que viene a Tijuana. Todos los pobladores de la ciudad, incluso aquellos cuyas familias llevan muchas generaciones aquí, son de algún modo “extranjeros”. Los únicos a quienes históricamente les pertenecerían estas tierras son los yumanos, pero poco se habla de ellos en los discursos sobre Baja California que he conocido.

Es mentira que Tijuana sea “la casa de toda la gente”. Todas las casas tienen un grado de intimidad. En la ciudad, la Historia con hache mayúscula lleva muchos años gestándose. Sus pobladores iniciales, sus newcomers y los herederos de ambos tienen tantas historias y conexiones entre sí, que yo sé que nunca voy a conocer ni la décima parte de la ciudad como podría hacerlo un tijuanense de nacimiento que sepa realmente explorarla. Por ello es que habrá concepciones erróneas en las cosas que digo en las siguientes páginas sobre Tijuana. En dichos casos, dejaré que los tijuanenses arrojen la primera piedra…

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“La Tijuana de los tijuanenses”

La avenida Madero es una especie de reflejo de la Constitución, su alter ego, ambas paralelas a la legendaria Revolución, fantasma de lo que fue durante el siglo pasado. En la Madero y la Constitución se encuentran locales de consumo básico o especializado, dirigidos sobre todo a los residentes y mercaderes de la ciudad: papelerías, vidrierías, consultorios, incluso una tienda dedicada exclusivamente a la venta de alcohol del 96o y productos derivados, u otra donde se consiguen carritos expendedores de hot dogs y de tacos. Los historiadores reconocen las diferencias estructurales entre la Avenida A (hoy llamada Revolución) y la Avenida B (Constitución), como Josué Beltrán al discutir las postales que promocionaban a la primera de ellas como espacio de recreación para extranjeros […].

En el cruce de la Décima y la Madero, a contra-esquina de una  gasolinera que siempre está llena, hay un edificio de varios pisos con una gran cantidad de mexicano-estadounidenses. Las mujeres con el mandado, la clica en la puerta de entrada, los niños que juegan en la vía pública, todos hablan inglés como si todavía estuvieran del otro lado. Al bajar por la Décima hacia el Centro, caminando por la Negrete, hay otro edificio donde vive una comunidad de chinos, numerosa aunque poco visible si no se pone demasiada atención. Junto a la vecindad, donde las puertas tienen letreros en papel o madera con caracteres chinos, hay una especie de fábrica o bodega donde se producen o almacenan textiles, aunque en la reja exterior hay una manta enorme que anuncia la venta de LEDs al mayoreo y menudeo. Por las mañanas, un comerciante chino se estaciona frente a la reja de la bodega a vender frutas y legumbres que no conozco, cuyos compradores son todos chinos. Curiosamente, el comerciante instala su puesto a las diez u once de la mañana, cuando la mayoría de los turnos en comercios y oficinas tijuanenses llevan ya varias horas de haber comenzado. Al cruzar por estas tres cuadras, se pueden escuchar conversaciones en español, inglés y chino por igual.

La Negrete marca el inicio de la Tijuana popular. Hace unos años vine a vivir cerca de la oficina de correos en la calle Onceava. Desde esa altura hasta la parada de mi camión, a unas siete cuadras de distancia, he visto cristalazos en la puerta de una tienda para novias, acompañados de gruesos rastros de sangre en el piso con dirección a la Zona Norte. He visto carros estacionados sin parabrisas. He visto operativos policiacos express sobre locales aparentemente inocentes. He visto a la ciudad con todas sus palabras, las que usan quienes la han hecho su hogar y quienes solamente van de paso. Vivir aquí me hizo dar cuenta que ninguna de las categorías endógeno/exógeno es más real que la otra, y que sólo una de ellas pretende serlo.

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torre aguacalienteEl Parque Fundadores

Hay un parque cerca de la oficina de correos de la Onceava, en el triángulo que forma la calle Negrete con los boulevards Aguacaliente y Fundadores. Se trata de un jardín vecinal de acceso público administrado por el gobierno municipal, llamado Parque Fundadores. Su peculiaridad reside en albergar una réplica de la Torre de Aguacaliente. Aquí ya no es la Zona Centro propiamente, sino la colonia Juárez, aunque se llega caminando a la Revu.

Conocía este parque desde antes, aunque no solía pasear por esos rumbos. Cuando comencé a vivir en la Zona Centro descubrí que las campanadas grabadas, que escuchaba desde mi departamento en el callejón Sarabia, no repicaban en off de la iglesia entre la Décima y la Ocampo, como yo pensaba, sino desde la réplica de la Torre de Aguacaliente. En los ochentas, el Club de Leones de Tijuana promovió la creación de esta réplica. En 1984 se aprobó la creación del salón de la fama del deporte de la ciudad, cuya primera mesa directiva se conformó al año siguiente, y cuando se inauguró en 1988 fue implementada una sala de exhibición en la parte alta.

Siempre me ha parecido irónico que se erija un monumento al casino de Aguacaliente, a la vez el motor que hizo nacer a Tijuana y el símbolo más tangible de la semicolonización estadounidense en la región. Al fondo se ubican las ruinas de una escultura oxidada y algunos afiches del Observatorio de Tijuana, que se encontraba en la “Bola” del Centro Cultural Tijuana (lo que hoy es el cine IMAX). Un vagabundo duerme sobre las ruinas de la instalación. De hecho, el número de vagabundos y vendedores ambulantes en el lugar es en ocasiones mayor que el de paseantes o deportistas.

Este parque, uno de los veintiuno que cuenta Heber Huizar en la delegación Centro, resume una serie de situaciones sociales de carácter histórico y cotidiano a la vez: el culto al capital foráneo, las poblaciones flotantes, el abandono y la reutilización de espacios públicos, no sólo por la reconstrucción de la Torre de Aguacaliente y su re-significación como salón de la fama del deporte, sino por el homenaje no intencionado al observatorio que alguna vez tuvo la ciudad.

Déjenme hablar de Tijuana: una despedida a la chilanga

Despedirse del lugar que uno llama “su hogar” es un poco parecido a morir. Aunque, en este caso, todos lo colman a uno de buenos deseos y augurios felices. Hay algunos que así confrontan la muerte, con una osada felicidad que luego se confunde con la esperanza. Cuando me di cuenta que esta era la última vez que vería a Tijuana en un buen tiempo, y que quizás cuando regresara ya no sería igual, tuve la extraña sensación de plenitud truncada, de un fragmento de mí que, no sabía, se iba a convertir en un miembro fantasma.

“Déjenme hablar de Tijuana”: fue así como inicié una conferencia sobre representaciones literarias en el Museo de Tijuana del IMAC, en la Zona Centro. Ahí planteé algo que he pensado desde que conozco la investigación de Humberto Félix Berumen sobre la literatura en Tijuana: que la división entre representaciones endógenas y exógenas es reduccionista y dicotómica (los verdaderos tijuanenses vs. los de afuera), e incluso puede servir de pretexto para excluir ciertas manifestaciones artísticas y literarias producidas en la entidad, al dar pie a argumentos del tipo “éste no es un autor tijuanense, sino uno chilango [o de cualquier otro origen] radicado en Tijuana”. ¿Dónde clasificamos entonces a escritores como Pepe Rojo, indudablemente nacido en el D.F. pero radicado en la ciudad desde hace mucho, quien ha dado clases a jóvenes artistas tijuanenses como Dardin Coria (de Sonidero Travesura), Jhonnatan Curiel y Mavi Robles-Castillo?

Una categoría cuya importancia no me parece bien reconocida por dicha postura es la movilidad: Tijuana es una ciudad en constante movimiento, no sólo porque hay actividad en ella de día y de noche, sino porque mucha gente circula a través de ella, vive en ella mucho o poco tiempo, y algunos vemos facetas que los habitantes “locales” ignoran, o bien que apenas conciben pero nunca han experimentado. Yo he trabajado en la colonia Altiplano, más allá de la Presa, he trabajado al lado del Parque Morelos y también en San Antonio del Mar, en instalaciones con vista al mar. He vivido en la Zona Centro por más de un año, he recorrido sus calles y trazado los mapas lingüísticos de un área donde, al cruzar poco más de tres cuadras, se puede escuchar a la gente hablar en inglés, español y chino.

También he leído textos escritos por los tijuanenses y se los he mostrado a universitarios tijuanenses. Dicen que así no es la Tijuana que ellos viven, que temas como cruzar la frontera, irse de party a la Zona Centro o la apariencia de la ciudad en el pasado ya están trillados. Entiendo que no puedo juzgar a la juventud tijuanense por un par de salones de clase, en un pobre ejercicio de reducción sinecdóquica, pero me pareció que esta era una señal de que a) los tijuanenses por lo general no conocen de su ciudad más que las rutas a su casa, trabajo/escuela y uno o dos puntos más (motivo por el cual quizás Pepe Rojo, y después Sergio Brown con el Colectivo Intransigente, propusieron o implementaron ejercicios de la dérive debordiana en Tijuana); o b) la “literatura tijuanense” (yo prefiero hablar de “producción literaria en Tijuana”) no está haciendo click con sus potenciales lectores (¿y no son más que potenciales los estudiantes de la única licenciatura en literatura de la ciudad?). Las representaciones, ya lo sabemos, suelen moverse a un paso más lento que el crecimiento y los cambios de la ciudad que las engendró. Como dijera Lizalde sobre la Ciudad de México, en Tercera Tenochtitlán: “Por mucho, la ciudad se adelanta a sus profetas”.

Durante los últimos días fui a tantos conciertos como pude; vi a unas bandas de punk rock y garage de San Diego en la Plaza del Zapato; escuché a Arturo Campay, Juan Jarena y Eunice Paz en su proyecto Adeumazel, no sin antes escuchar a Ben McDonald (quien ha tocado con Nidia Barajas en la Feria del Libro de Tijuana) en las nuevas instalaciones de la cervecería local Mamut, de la cual pude apreciar su evolución desde un localito en el Pasaje Rodríguez hasta este espacio en lo que antes era una iglesia, con una cúpula maravillosa y una terraza que da a la Calle Tercera. Vi la exposición de Hugo Crosthwaithe, pero me perdí la intervención sonora de Pepe Mogt/Fussible. Pude participar en la presentación del libro Sakums, de la joven poeta Andrea Carrillo, y sin embargo no puedo dejar de pensar en todas las cosas que, de hoy en adelante, me voy a perder en Tijuana. Yo pensé que apenas iba en el capítulo dos, y parece que en realidad era el epílogo.

Quizás como parte de la escisión entre artistas independientes y Virgilio Muñoz, además de espacios y eventos institucionales como el CECUT, el CEARTE o la Feria del Libro, Tijuana también cuenta con sus contrapartes independientes: los pasajes Rodríguez y Gómez, o la Feria del Libro Usado, otro de los proyectos de René Castillo, junto con el Grafógrafo (promotor del auge cultural del Pasaje Rodríguez en los últimos años) y el Centro Cultural Artes del Libro. Tijuana también cuenta con eventos curiosos que denotan cierto grado de participación organizada (de carácter totalmente apolítico, cabe resaltar) como la zombie walk y las convenciones de anime (aunque nunca se parecerán a la Comic-Con de San Diego). Tiene un festival musical, el All My Friends, que también va creciendo año con año. Es, como desde hace mucho, la escena musical la que más está reverberando en la ciudad, seguida de la cinematográfica/audiovisual, donde no sólo nos encontramos el legado de bola 8 (documentales como Que suene la calle de Itzel Martínez del Cañizo o Félix: autoficciones de un traficante de Adriana Trujillo), sino también con el establecimiento del festival Bordocs en Tijuana, la proliferación de cine producido en la región (como Pares y nones, no tan bien lograda). Me quedé con las ganas de ver el documental sobre “La Family”, VIVA FAMILIA, cuyo trailer lleva rolando en internet desde hace varios años. Pude ver el surgimiento de la desaparecida Editorial Piedra Cuervo, de Gidi Loza y Sergio Brown, que tiene en su haber un corto pero sorprendente catálogo editorial/audiovisual, en el que algunos títulos vienen acompañados por un documental creado ex profeso. En el campo de la literatura propiamente hablando, ha habido una proliferación de proyectos editoriales (Ojo de Pez, Observatorio Editorial de Baja California) y revistas independientes (Espiral, Frontera-Esquina, Diez4, entre otras).

Cuando llegué a Tijuana, en agosto de 2010, la Zona Centro estaba plagada de obras y construcciones para mejorar la cinta asfáltica. Ahora, en abril de 2014, la dejo exactamente igual: ahora la obra se extiende por la Calle Segunda, lo que altera las rutas de tránsito tal y como sucedió a mi llegada. Esta suerte patrón cíclico se repite en el primer y último lugar en el que estuve en Tijuana: la base de operaciones, el hoyo, la embajada de Ámsterdam en México, el querido Zacazonapan en la “Zona Norte de mi corazón” de la canción de Cáñamo.

A cada rato me encontraré cualquier pretexto para volver. Antes de irme, me tatué un laberinto, un trojeborg. “Traes un laberinto a cuestas…” Quería que quedara una herida profunda, una forma de decir que Tijuana me marcó. ¿Qué más nos queda de las ciudades en las que vivimos? Recuerdos, nombres, muchas ganas de volver a vivirlo todo. Sin embargo, yo sabía bien que, desde que llegué a Tijuana, que en algún momento me tendría que ir. Yo sé que, la próxima vez que regrese, Tijuana habrá cambiado tanto que quizás ya no la reconozca del todo. El laberinto habrá cambiado sus entradas de nuevo.