Música+Poesía

Texto publicado en la revista Picnic, año 12, 2016 (número especial sobre música en México, editado por Julián Woodside).

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Cuando empecé a escribir Shuffle. Poesía sonora (2011) formaba parte de Devrayativa, colectivo en el que, sin proponérnoslo, compartimos nuestro interés por la música y sus letras. De esa experiencia nació también otra obra que le debe mucho al diálogo música+poesía: La radio en el pecho. Covers (2010) de Eduardo de Gortari. También eran “devras” Luis Arce, hoy reportero de Marvin, así como Yaxkin Melchy, Daniel Malpica, Eliud Delgado, Manuel Serrano e Iván Ortega-López, quienes han mostrado cierta influencia de la música en su obra.

No éramos un caso de generación espontánea. Había otros atraídos por este intersticio disciplinario, como los miembros de Motín Poeta; los slams de poesía comenzaban a popularizarse y el festival Poesía en Voz Alta atraía numerosas propuestas y audiencias. Nuestros gustos reflejaban la escena multidisciplinaria del ex-DF.

La relación música+poesía se ha vuelto más notoria. Algunas antologías literarias, como la Norton, incluyen letras de canciones de Morrisey, Mos Def o Bob Dylan. No hay nada innovador al hablar de música+poesía, siempre han conversado fértilmente. Sin embargo, cuando parece que ya nos quitamos los lastres de siglos pasados, no falta quien entiende la poesía como se le da la gana.

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Seminario – Colectivos, frontera y campos artísticos

Charla en torno a tres colectivos artístico-literarios de San Diego y Tijuana, en el marco del seminario de José Antonio Giménez Micó en la maestría en estudios hispánicos de Concordia University, en Montreal, Canadá, el 15 de marzo de 2016.

Más información:

La frontera silenciada. Tesis de maestría

“Arte, literatura y acción colectiva en Tijuana-San Diego”. Artículo académico

Odio y miedo en la era del nuevo terrorismo

Un día antes de la primera presentación de Sobre vivir Tijuana, un viernes 13, tuvieron lugar los ataques terroristas de París. De la cascada de información que atentados como éste provocan en los espectadores y telespectadores, el elemento que tocó una cuerda más sensible en mí fue el del concierto de Eagles of Death Metal. Josh Homme no estaba en esa gira y ninguno de los miembros de la banda murió en el Bataclan, pero la idea de tal cercanía está relacionada con lo que Judith Butler decía en su artículo sobre los ataques: “La mayoría de las personas que conozco dicen que están en un ‘punto muerto’, incapaces de pensar en profundidad acerca de la situación. Una forma de pensar en ello tal vez llegue con la invención de un concepto de duelo transversal – considerar cómo se produce la métrica del lamento, cómo y por qué los asesinatos en el café me conmueven con mayor intensidad que los ataques en otros lugares”. El grado de cercanía o, como diría Renato Rosaldo, de “invisibilidad” cultural, determina nuestra empatía e identificación con determinadas tragedias y no con otras.

El odio es ignorancia puesta en ebullición por el miedo. Escuché discursos xenófobos de mis huéspedes, los quebequecos, quienes no obstante su inmensa hospitalidad hacia quienes aprendemos su lengua se muestran reacios a aceptar (debido a su historia particular con la iglesia católica) las muestras de fervor religioso en espacios públicos. En los últimos meses, previos a las elecciones federales y provinciales, hubo una fuerte campaña mediática en contra del uso del niqab (un velo que cubre la totalidad del rostro, sólo dejando entrever los ojos) al momento de prestar el juramento de ciudadanía canadiense y al momento de votar. El debate, azuzado por los medios de comunicación, parecía querer crear conflicto y escisión en una sociedad inherentemente plural. Los comentarios de varios quebecos, sobre todo los de más de 40 años, me sorprendieron por xenófobos e intolerantes. El agua que derramó el vaso sucedió precisamente la mañana posterior a los ataques de París, a unas horas de mi presentación. Un quebeco, a quien admiro por su arte pero no por sus opiniones políticas, hizo el comentario que los medios han predicado a todos los que tenemos miedo hoy en día: la culpa es del Islam. Y la culpa no es del Islam, sino por una parte de los gobiernos fundamentalistas que no saben dividir política de religión, y por la otra de las políticas intervencionistas de países primermundistas, como EE UU, Francia y ¡oh, Canadá! No pude más e hice uno de mis berrinches argumentativos, una provocación-discurso. El mensaje llegó al lugar equivocado del planeta: una conocida francesa, con la que jamás había interactuado antes en redes sociales, me acusó de celebrar la muerte de sus compatriotas; me deseó que ojalá me tomara una cerveza por cada asesinado para morir congestionado con 128 (ahora 130) botellas. Yo me preguntaba si ella ha brindado por los 43 normalistas, por las 60,000 bajas en mi país por la guerra contra el narco, por los 523 años de muerte ininterrumpida en Latinoamérica. O más aún, por los atentados que ISIS realizó en Beirut el mismo día que los de París. No respondí nada; ella estaba cegada por el coraje, ni siquiera se dio cuenta que mi argumento era contra la islamofobia y no contra el colonialismo (aunque ambos van de la mano y es difícil discernirlos). Yo también estaba enojado, tenía miedo como ella, y me desquité con lo primero que tuve enfrente: mi computadora.

Fueron días en los que había mucho resentimiento en el ambiente. ¿No lo sintieron? Poco después, muchos amigos compartieron memes y comentarios donde respondían a la amenaza que ISIS hiciera a nuestro país, entre muchos otros, con un sardónico “Bitch please, welcome to Mexico”. Arguían que tendrán que ser muy sanguinarios para aterrorizarnos con algo que no haya hecho ya el narco y la guerra para contrarrestarlo. Tristemente, esta actitud bravucona y fanfarrona es típica de “lo mexicano”, y sin ningún problema pudo haber formado parte de los ejemplos sobre el carácter violento y atemorizado del mexicano, oscilante en la dicotomía abierto/cerrado, de una ficticia nueva adenda a El laberinto de la soledad. El asunto de fondo no es que en el país haya peores atrocidades que las que ISIS nos propone imaginar, sino que debemos oponernos a cualquier forma de intervencionismo, sea en nuestro propio territorio o en el de otros países soberanos, e incluso aquello que no son reconocidos como tales (como Cataluña y Québec, ciertamente, pero también Palestina, y México con relación a EE UU). Lo cierto es que hay muchas conexiones entre la historia de política exterior estadounidense en el continente americano y la historia de las intervenciones en Medio Oriente, desde el Destino Manifiesto, pasando por la Guerra del Golfo, hasta llegar a nuestros días.

La política intervencionista de Estados Unidos se ha transmitido ahora a los países francófonos a través de la guerra declarada por Francia, la cacería de brujas en Bélgica, los atentados en Malí, las muestras de apoyo por parte de los órganos internacionales de la francofonía, etcétera. En otro giro inesperado de la historia, el incremento de la seguridad nacional y la disminución de las libertades individuales no sucedieron en EE UU, sino en la Europa francófona. En estos momentos en los que parece que el odio está ganando en el mundo, amar al Otro es indispensable, un acto extremo de disensión. Ojalá no dejemos de salir y tomar las calles, que no nos arrebaten la posibilidad de volver a amar. Y ojalá ahora sí nos hermanemos con los pueblos que llevamos mucho tiempo sufriendo, como Palestina, Colombia, Nigeria, como México mismo.

El hecho de que no debemos sucumbir al odio no quiere decir que no hay que señalar las injusticias. Sé que he hecho daño y que no soy la persona adecuada para hacer esta afirmación, pero en un mundo cada vez más militarizado ya hay mucho dolor como para odiarnos más.

For the Rest of the Show: Majical Cloudz’s Final Concert

My first Majical Cloudz show was also their last one ever. Both Matthew Otto and Devon Welsh (the band’s DJ and singer) had mentioned that La Sala Rossa, in Montreal, was also the stage for their first show together, in which only the band’s partners and roomies would come to see them. Although this time, on March 10, 2016 it was full and tickets had sold out several days before, there was still an intimate feeling in the venue. Devon said he wasn’t sure how to conduct a good-bye concert, and he did the best he could, joking as much as possible. Before singing their first song, he reminded the audience this was Majical Cloudz’s final show; someone booed and Devon said something like (I’m paraphrasing), ‘You knew this. Don’t make it more difficult. Let’s do something, don’t boo for the rest of the show. Also, if you are here it’s because you’re into the band, so we have a longer set and we’re gonna sing all of the songs we have. Probably we won’t sing all the songs we have, but if we don’t, it’s okay.’

Matthew and Devon were visible at a glance, one almost behind the other, a red light defining their faces. A similar ambient was set up in an earlier concert this year, in Detroit. This was a very photogenic way of remembering them, an allegory of what the band had seemed to be throughout these years—Devon on the front, giving everything in each performance, and Matthew creating the essential sonic atmosphere.

I had the chance to meet Matthew offstage before even knowing he played in such a cool band. A day before the breakup’s official announcement, some colleagues from Concordia and I interviewed Matthew regarding his customized modular system, which he avoided referring to as an instrument. His remarks on how he’s modified an Electribe, along with other Korg synthesizers and guitar pedals, are very much in tune with current discussions on instruments and instrumentality, their intended use or stabilization versus the interpretive flexibility users can make of them, and the complex relational processes of agency established between humans and machines.

Otto is well aware of the sound limitations into which the Electribe (the very first synthesizer he ever had) was putting him. But Otto’s response, instead of getting rid of it, was to hack it and combine it with other devices in order to create a customized modular system. The search for more interesting and appropriate sounds for his creative endeavors, as well as a strong feeling for the materiality of the object (it fits in a case and is highly portable, ideal for touring) were two motivations behind Otto’s drive for customization. Instruments go through different periods of stabilization and change, and Otto’s modular device is a way of ‘opening up’ a technology that was being closed due to the prominence of keyboards and certain standardized sounds in synthesizers. In the interview, Otto described his customized system as an ‘open hood on something that might be sold as a product that just works in a certain way […]. It’s sort of a negotiation’ between him and the device.

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How this negotiation is exercised is clear in the way Matthew treats indeterminacy and ‘failure’ in his creative process, which he definitely doesn’t sees as such. He pits different elements of the system against each other (say, one distortion pedal against a delay pedal, or a synthesizer through a series of pedals) to test all the possibilities they can offer. This, of course, is a gateway for ‘mistakes,’ which Matthew finds great. While he was showing us how two pedals were connected, a sound went out of control and he had to turn down the volume. Later on he confessed his inability to generate the sound he wanted due to the instrument’s constraints. During the Majical Cloudz final concert, something similar happened when the device got out of control at the beginning or ‘Silver Car Crash,’ right when Devon started screaming wildly, which forced them to start the song all over again.

majical cloudz set list

Final show setlist according to Setlist.FM. It doesn’t include “Childhood’s End,” which was played (watch first video).

These examples demonstrate up to which point things can’t be played the same twice with Matthew’s customized modular system, not even the same song. He also mentioned in the interview that every change in its setup implies a change in the way music is interpreted and performed. This is also probably behind the band’s official reason for separating—that they have explored all the sonic possibilities of their collaboration, and that it was time to move on in terms of their own styles. Indeed, some critics have noted how the two albums and two EPs in which Matthew and Devon worked together have all the same particular style. The band’s joke on playing all their songs in one set may not only point to the fact that Majical Cloudz had a very brief life. It also tells us about the aesthetic homogeneity behind it, and about the meditated and very brave decision to end the project at its highest point, after being nominated to the Juno Awards for best alternative album of the year and right before the ceremony. However, it is more than clear that their careers will be just as breathtaking as Majical Cloudz was, and now I’m just waiting to see a Dahlia show, Matthew’s new project.