Sobre vivir Tijuana (adelanto)

Foto: Miriam Quino, 2011

Foto: Miriam Quino, 2011

El próximo sábado 14 de noviembre presentaré mi más reciente libro, Sobre vivir Tijuana. Textos mutantes fronterizos, en el marco del XIII Festival de Literatura del Noroeste. Aquí un adelanto de la primera parte, «La ciudad con todas sus palabras». (Gracias a Martin Revilla y a Miriam Quino por sus fotografías.)

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Sobre mi sensación de extranjería en Baja California

Un consejo vital para quien llega a Tijuana desde el centro-sur del país: jamás llames refresco a una soda, ni coche a un carro. De inmediato identificarán que eres de fuera. También es necesario aprender un nuevo bagaje de coloquialismos. Aquí no te cabulean, te tiran carrilla; al encendedor no se le dice encencho sino laira (del inglés lighter), la gafa es la placa y a su vez la placa son los pepos (si se trata de la Policía Estatal de Protección, PEP). La presencia del slang chicano aún permea la frontera norte de México, con términos y frases como trucha, wachar (del inglés watch) o al cien.

No sirve de nada imitar el acento. Tarde o temprano algo te evidenciará. Y es que aquí es muy importante saber de dónde vienes y qué haces aquí. Incluso categorías como la ciudadanía pueden ser cuestionadas: en el aeropuerto de Tijuana se nos pregunta nuestro lugar de procedencia antes de recoger las maletas, en un retén disimulado pero constante y focalizado (nunca le preguntan a los güeros), y en la calle la policía nos puede decir que parecemos centroamericanos y hacernos las consabidas preguntas del himno nacional, los héroes patrios o el actual presidente de México.

A algunos grupos sociales les va mejor en la integración que a otros. Tristemente, los que peor la llevan son los primeros pobladores, los indígenas yumanos (reunidos en los pueblos k’miai, cucapah, paipai, cochimí y kiliwa), y los más recientes, los indígenas del sur de México. La frontera con Estados Unidos atrae a tantas personas que la certidumbre de las identidades colectivas se desestabiliza a cada momento. Además, desde su fundación, los “de afuera” (entiéndase por esto los estadounidenses y los mexicanos del centro-sur) han buscado definir e interpretar a Tijuana y (según algunos) lo convirtieron en un referente de los peores estigmas sociales.

Un seminario sobre estudios culturales fronterizos que impartí en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) cuestionaría quizás un poco esta historia que nos contamos todo el tiempo en los estudios “tijuanológicos”, sobre todo desde la publicación de Tijuana la horrible, en 2003. En esta clase fui testigo de cómo mis estudiantes prácticamente aprendían a conceptualizar a Tijuana bajo esa perspectiva estigmatizadora impuesta desde afuera. Para ellos, Tijuana era muchas cosas, pero no “la horrible”. Y en lugar de hacerlos comprender que dicha representación era un estereotipo, lo que hizo fue polarizar su visión entre una “Tijuana buena” (la que ellos felizmente habitaban) y una “Tijuana mala” (representada por el vicio, la prostitución, etcétera, en la que ellos nunca habían participado). No obstante, sí creo que el meollo sobre mi constante sensación de extranjería en  Baja California tiene que ver con las representaciones estigmatizadoras de Tijuana impuestas desde afuera, como si hubiera una especie de trauma histórico por ellas, aunque éste no sea compartido por el grueso de la población. La moraleja es que cada quien inventa la ciudad que quiere o no puede dejar de ver, como un fantasma que se aparece por las noches y en los momentos de recogimiento.

Lo cierto es que las representaciones “exógenas” sobre Tijuana (como las llamaría Félix Berumen), abundantes en la música, la literatura y el cine estadounidenses, lejos de tener una proyección “internacional” reflejan un fenómeno a nivel estrictamente regional y, en el mejor de los casos, a escala continental. Puede ser que en Norte y Latinoamérica sea conocida la existencia de Tijuana (aunque en ocasiones se dude incluso si está del lado mexicano o estadunidense), pero conforme nos alejamos de sus latitudes la información se vuelve difusa. Gente de Asia o África no conoce la ciudad, aunque sin duda reconocen el nombre de San Diego. Hay gente cuyo único referente de la ciudad, como sucede mucho en Latinoamérica, es la canción de Manu Chao. Al final, el problema de las representaciones se limita a unos pocos “contrincantes”: los “de afuera” (un término abarcativo de dimensiones tan ilimitadas como la imaginación lo permita) y los “auténticos” tijuanenses. Esta dicotomía constituye el “esqueleto” de todos los conflictos, simbólicos o fácticos, con diversos grupos minoritarios en Baja California.

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Foto: Martin Revilla, 2015

Foto: Martin Revilla, 2015

Mi Tijuana es, como la de los tijuanenses mismos, una ciudad imaginada. Yo la construí con base en mis gustos, mis necesidades, y mis posibilidades materiales y sociales (manutención, tiempo libre, etcétera). Pese a habitar en una gran ciudad como Tijuana, y como decía Debord sobre París, a partir de un texto de Chombart de Lauwe, el ciudadano promedio generalmente realiza un recorrido circular o triangular (de su casa al trabajo, escuela o alguna otra instalación). Así pues, ¿por qué no iba a ser imaginada también la exclusión que yo mismo me he impuesto? Tanto se habla sobre la auténtica Tijuana en oposición a su versión comercial, que la presión discursiva me obliga a afirmar que no soy de aquí aunque tenga tantas cosas que decir sobre Tijuana.

No quiero que la noción de extranjería que he estado desarrollando distorsione la lectura sobre mi experiencia en Tijuana: la ciudad fue sumamente generosa conmigo. Siempre digo que nunca hubo nada que me negara la región, menos por el hecho de ser chilango. Tal vez sólo una: la plena sensación de pertenencia (pues la de aquiescencia siempre la tuve, desde que llegué y dije: “Por fin estoy aquí”, o cuando volví y pensé: “Estoy en casa”). Y es que la pertenencia, a final de cuentas, es al parecer una noción auto-impuesta, nunca enteramente producto de las circunstancias sociales.

Así como el símbolo “Tijuana” está sobrecodificado por una serie de estereotipos estigmatizadores (por lo menos a nivel académico), también lo está la imagen del forastero que viene a Tijuana. Todos los pobladores de la ciudad, incluso aquellos cuyas familias llevan muchas generaciones aquí, son de algún modo “extranjeros”. Los únicos a quienes históricamente les pertenecerían estas tierras son los yumanos, pero poco se habla de ellos en los discursos sobre Baja California que he conocido.

Es mentira que Tijuana sea “la casa de toda la gente”. Todas las casas tienen un grado de intimidad. En la ciudad, la Historia con hache mayúscula lleva muchos años gestándose. Sus pobladores iniciales, sus newcomers y los herederos de ambos tienen tantas historias y conexiones entre sí, que yo sé que nunca voy a conocer ni la décima parte de la ciudad como podría hacerlo un tijuanense de nacimiento que sepa realmente explorarla. Por ello es que habrá concepciones erróneas en las cosas que digo en las siguientes páginas sobre Tijuana. En dichos casos, dejaré que los tijuanenses arrojen la primera piedra…

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“La Tijuana de los tijuanenses”

La avenida Madero es una especie de reflejo de la Constitución, su alter ego, ambas paralelas a la legendaria Revolución, fantasma de lo que fue durante el siglo pasado. En la Madero y la Constitución se encuentran locales de consumo básico o especializado, dirigidos sobre todo a los residentes y mercaderes de la ciudad: papelerías, vidrierías, consultorios, incluso una tienda dedicada exclusivamente a la venta de alcohol del 96o y productos derivados, u otra donde se consiguen carritos expendedores de hot dogs y de tacos. Los historiadores reconocen las diferencias estructurales entre la Avenida A (hoy llamada Revolución) y la Avenida B (Constitución), como Josué Beltrán al discutir las postales que promocionaban a la primera de ellas como espacio de recreación para extranjeros […].

En el cruce de la Décima y la Madero, a contra-esquina de una  gasolinera que siempre está llena, hay un edificio de varios pisos con una gran cantidad de mexicano-estadounidenses. Las mujeres con el mandado, la clica en la puerta de entrada, los niños que juegan en la vía pública, todos hablan inglés como si todavía estuvieran del otro lado. Al bajar por la Décima hacia el Centro, caminando por la Negrete, hay otro edificio donde vive una comunidad de chinos, numerosa aunque poco visible si no se pone demasiada atención. Junto a la vecindad, donde las puertas tienen letreros en papel o madera con caracteres chinos, hay una especie de fábrica o bodega donde se producen o almacenan textiles, aunque en la reja exterior hay una manta enorme que anuncia la venta de LEDs al mayoreo y menudeo. Por las mañanas, un comerciante chino se estaciona frente a la reja de la bodega a vender frutas y legumbres que no conozco, cuyos compradores son todos chinos. Curiosamente, el comerciante instala su puesto a las diez u once de la mañana, cuando la mayoría de los turnos en comercios y oficinas tijuanenses llevan ya varias horas de haber comenzado. Al cruzar por estas tres cuadras, se pueden escuchar conversaciones en español, inglés y chino por igual.

La Negrete marca el inicio de la Tijuana popular. Hace unos años vine a vivir cerca de la oficina de correos en la calle Onceava. Desde esa altura hasta la parada de mi camión, a unas siete cuadras de distancia, he visto cristalazos en la puerta de una tienda para novias, acompañados de gruesos rastros de sangre en el piso con dirección a la Zona Norte. He visto carros estacionados sin parabrisas. He visto operativos policiacos express sobre locales aparentemente inocentes. He visto a la ciudad con todas sus palabras, las que usan quienes la han hecho su hogar y quienes solamente van de paso. Vivir aquí me hizo dar cuenta que ninguna de las categorías endógeno/exógeno es más real que la otra, y que sólo una de ellas pretende serlo.

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torre aguacalienteEl Parque Fundadores

Hay un parque cerca de la oficina de correos de la Onceava, en el triángulo que forma la calle Negrete con los boulevards Aguacaliente y Fundadores. Se trata de un jardín vecinal de acceso público administrado por el gobierno municipal, llamado Parque Fundadores. Su peculiaridad reside en albergar una réplica de la Torre de Aguacaliente. Aquí ya no es la Zona Centro propiamente, sino la colonia Juárez, aunque se llega caminando a la Revu.

Conocía este parque desde antes, aunque no solía pasear por esos rumbos. Cuando comencé a vivir en la Zona Centro descubrí que las campanadas grabadas, que escuchaba desde mi departamento en el callejón Sarabia, no repicaban en off de la iglesia entre la Décima y la Ocampo, como yo pensaba, sino desde la réplica de la Torre de Aguacaliente. En los ochentas, el Club de Leones de Tijuana promovió la creación de esta réplica. En 1984 se aprobó la creación del salón de la fama del deporte de la ciudad, cuya primera mesa directiva se conformó al año siguiente, y cuando se inauguró en 1988 fue implementada una sala de exhibición en la parte alta.

Siempre me ha parecido irónico que se erija un monumento al casino de Aguacaliente, a la vez el motor que hizo nacer a Tijuana y el símbolo más tangible de la semicolonización estadounidense en la región. Al fondo se ubican las ruinas de una escultura oxidada y algunos afiches del Observatorio de Tijuana, que se encontraba en la “Bola” del Centro Cultural Tijuana (lo que hoy es el cine IMAX). Un vagabundo duerme sobre las ruinas de la instalación. De hecho, el número de vagabundos y vendedores ambulantes en el lugar es en ocasiones mayor que el de paseantes o deportistas.

Este parque, uno de los veintiuno que cuenta Heber Huizar en la delegación Centro, resume una serie de situaciones sociales de carácter histórico y cotidiano a la vez: el culto al capital foráneo, las poblaciones flotantes, el abandono y la reutilización de espacios públicos, no sólo por la reconstrucción de la Torre de Aguacaliente y su re-significación como salón de la fama del deporte, sino por el homenaje no intencionado al observatorio que alguna vez tuvo la ciudad.

Chinos y discriminación en Baja California: misma historia, distintos rostros

Lo Yen City

La polémica en torno al uso de carne de perro en restaurantes de comida china en Tijuana proyecta un miedo colectivo inconsciente a la vez que encubre una costumbre silenciosa pero constante en Baja California: los patrones continuos de discriminación. En el ensayo que abre Sobre vivir Tijuana, libro de próxima aparición, abordo este asunto que me ha intrigado desde mi llegada a Baja California, particularmente desde que viví por unos meses en Mexicali. El regionalismo “foráneos” para referirse a quienes no son mexicalenses, o la rencilla regional entre Chicali y Tijuana, desarrollada casi exclusivamente en un plano simbólico, me sirvieron para reflexionar sobre los alcances y las características de los patrones de diferenciación en el estado, que bajo ciertas circunstancias pueden dar pie a comportamientos discriminatorios. En este ensayo también hablo sobre la discriminación en Tijuana a otros grupos sociales, como los migrantes (en particular los sinaloenses, o chinolas), los pueblos indígenas y “tribus urbanas” como los emos y los buchones.

El tema de la discriminación de los chinos en el noroeste de México ha sido investigado por expertos como Servando Ortoll y el difunto Luis Ongay, en sus aportaciones al libro colectivo Racismo, exclusión, xenofobia y diversidad cultural en la frontera México-Estados Unidos. Pero cuando salió la noticia del operativo y clausura del restaurante Lo Yen City, a la cual seguiría más de una docena de historias similares, la reacción fue una mezcla de desconcierto y chacoteo. Muchos tijuanenses estaban ondeados y no les parecía graciosa la idea de perros rasurados a punto cocinarse. También hubo muchos, muchísimos memes al respecto: “Ahorita no joven, me van a hacer Chun Can”. “¿Quele pelo con piña?” “Sale un lonche de perro cantonés”. “No, pos guau”. Y claro, las alusiones a los otros perros ilustres de la ciudad, el club de fútbol Xolos de Caliente, no se hicieron esperar. No por coincidencia Hank Rhon, dueño del equipo y ex-alcalde de la ciudad, aprovechó el momento para denunciar la presencia de carne de perro, aunque no en los restaurantes de comida china, sino en las taquerías. La “legendaria perrocoa” contraataca.

Lo que no se menciona en toda esta polémica es el hecho de que el dilema en cuestión sólo es un tabú en la cultura occidental. Es una convención social que la carne de mascotas domésticas, como los perros y los gatos, no sea apropiada para consumo humano. Es sabido que estas costumbres alimenticias son comunes en algunos países asiáticos. Por su parte, los franceses comen carne de caballo, una práctica que quizás en México tampoco sería bien vista. El dueño de Lo Yen City salió libre, sin cargos de tipo sanitario, sino por maltrato y crueldad animal.

Sin embargo, eso no quita que no haya gato (¿o perro?) encerrado en la declaración del ex-alcalde. La desviación de atención hacia las taquerías también es un movimiento estratégico ante el escándalo. Se ha reportado al gobernador del estado comiendo en un restaurante chino, como para dar legitimidad al local, pero a la vez estableciendo alianzas comerciales con un grupo étnico con presencia en la sociedad bajacaliforniana. ¿Nadie se acuerda de Blinky, el pez de tres ojos que arruinó la campaña electoral de Montgomery Burns en Los Simpsons? Además, la cobertura tan flagrante de la prensa durante el operativo, la detallada filmación de los perros muertos y los sobrevivientes, delata una cuidadosa construcción mediática de la noticia.

blinky burns

Esto nos lleva al lado oscuro de esta polémica: el estigma social que deja este escándalo sobre la comunidad china en Tijuana y el resto de Baja California. En páginas de Facebook como Tijuana Rulz, que fomenta tanto los chistes xenófobos como las campañas en contra de la discriminación, se menciona cómo a algunos chinos se les niega el abordaje al transporte público, y cómo el hostigamiento a la comunidad china va en aumento. La noticia de que se registró una baja en las ventas de comida china siguió casi inmediatamente a la de la clausura de numerosos restaurantes chinos. Y el asunto aquí es que, desde cualquier perspectiva que lo miremos, todo en este asunto es re-presentación: simulacros, diría Bauidrillard, empezando por el video excesivamente detallado del perro desollado listo para su preparación, pasando por los malabares políticos en torno al tema, hasta los comentarios, bromistas sobre todo, de miles de usuarios en las redes sociales.

Este es otro punto que trato en el ensayo sobre discriminación en Baja California, a partir de lecturas de Frantz Fanon y Everardo Garduño: las bromas ocultan una disputa (simbólica o fáctica) por los recursos de la región. La discriminación es un mecanismo de defensa ante la constante alienación en la frontera. En el caso de Tijuana, esto no resulta sorprendente cuando se tiene al frente a San Diego, una de las ciudades estadounidenses más jerarquizadas social y racialmente.

 

Fragmentos de Sobre vivir Tijuana:

Chinola is the new chilango […] Los  tijuanenses  tienen  que  preguntarse  por  qué  el mecanismo  del  estereotipo está ahora en marcha para estigmatizar al sinaloense, donde a la nueva ola migrante se le atribuyen características similares a los de la ola previa, y en última instancia cumplen la misma función de chivos expiatorios. También es necesario develar cuáles son los mecanismos por medio de los que se activan los prejuicios que desembocan en los actos de discriminación, sean estos “inofensivos” o no. Finalmente, comprendamos que el hecho de que no haya una acción o agresión física no quiere decir que no tengan un efecto, fáctico o simbólico […]

Mi  Tijuana  es,  como  la  de  los  tijuanenses mismos,  una  ciudad  imaginada. Yo  la construí con base en mis gustos, mis necesidades, y mis posibilidades materiales y sociales (manutención,  tiempo  libre, etcétera) […]

Así  como  el  símbolo  “Tijuana”  está  sobrecodificado por una  serie de  estereotipos estigmatizadores (por lo menos a nivel académico), también lo está la imagen del forastero que viene a Tijuana. Todos los pobladores de la ciudad, incluso aquellos cuyas familias llevan muchas  generaciones  aquí,  son  de  algún  modo  “extranjeros”. Los  únicos  a  quienes históricamente les pertenecerían estas tierras son los yumanos, pero poco se habla de ellos en los discursos sobre Baja California […]