(Auto)reclusión, violencia y narrativas de escape

(Publicado en Tierra Adentro, no. 192, junio de 2014, pp. 70-73.)

 

Ante la escalada de violencia en México, el exilio, ya sea obligado o autoinducido, no siempre ha sido la respuesta más factible, incluso posible. La movilidad, específicamente la capacidad de acceder a ella, se ha vuelto cada vez más un factor de diferenciación entre los que pueden irse (es decir, que pueden costeárselo) y los que no. Para estos últimos está reservada la opción de un encierro (no tan) voluntario.

Tijuana tuvo su peor momento de inseguridad durante 2008-2009, cuando los cárteles de Sinaloa y los Arellano Félix disputaron la plaza, con episodios tan dramáticos como el de la Balacera de la Cúpula (o de la Ermita), donde sicarios del CAF se enfrentaron durante varias horas con soldados y policías e incluso los retaban por la radio, en un episodio que podría haber sido tomado de la novela Plata quemada,de Ricardo Piglia.portada Border Pop

La reacción de algunos escritores, como fue el caso de Rafa Saavedra (q.e.p.d.), fue la de salir a las calles, como en “Confesiones de un adicto a la noche”, uno de los textos que conforman Border Pop:

En la nocturnidad, nuestra aparente frivolidad se convierte casi en una postura política […] Salir hoy es no dejar de vivir, no dejarse vencer por el crimen y la impunidad, tratar de enfrentar sonriendo a ese social disease del que hablaba Warhol, vencer la tendencia individualista y formar parte, por lo menos en algún instante, de una comunidad en llamas.

Por supuesto, su “postura política” nunca tuvo que enfrentarse con una situación de violencia prolongada y visible. En Tijuana la plaza se había “enfriado” para 2010; no había menos violencia, sólo se replegó hacia la zona este de Tijuana, lejos del Centro y Zona Río. Esto fue suficiente para que el tejido social no se fracturara de manera tan evidente como en Ciudad Juárez, Monterrey, Torreón y otras ciudades del norte. Y nunca se metieron demasiado con los poderes municipales, los establecimientos o incluso el estadio de fútbol, como en Torreón.

En Tijuana tampoco se volvieron “cotidianos” tiroteos como el que vio Carlos Velázquez en Torreón y que describe en su primer libro de no ficción, El karma de vivir al norte: “Al primer disparo todos nos tiramos al piso. El clavado colectivo fue tan sincronizado que parecía una portada El karma de vivir al nortecompetencia de nado olímpico. Estábamos tan condicionados por el sonido de un arma de fuego como lo está Michael Phelps”.
Los torreonenses han sufrido la violencia del crimen organizado (así como de la guerra del Estado para “contrarrestarla”) prácticamente desde el principio del cambio de régimen gubernamental. Una década negra para esta ciudad. Ante tal situación, dice Velázquez, la sociedad en general se encerró en lugar de escapar: “Deberían cambiarle el nombre a la entidad, que en lugar de Torreón se llamara Ciudad Retén. Conforme las calles se militarizaban, la gente prefería quedarse en sus casas. El aislamiento se volvió tan dramático, que la única forma en que el lagunero podía interactuar con la gente era a través de las redes sociales”.

Este fenómeno de desintegración social, donde la medicina (el “apoyo” militar y policial mediante tácticas de restricción de la movilidad, como los retenes) resulta igual de perjudicial como la enfermedad misma, hace pensar a Velázquez en una especie de “juarización” de su ciudad: “Pensábamos que Ciudad Juárez se quedaría para siempre junto al Río Bravo. Petrificada. Jamás imaginamos que se desplegaría. Que reptaría por el territorio. Durante años, los torreonenses emprendieron un éxodo a Juaritos. Luego los papeles se invirtieron. Juárez vino a nosotros”.

Esta “juarización”, por así llamarla, constituye un argumento central en Ciudad futuro, sobreviviendo juaritos de “El Alas Blissett”, otra obra de “literatura testimonial” que constituye una especie de presagio para otras ciudades mexicanas. Las casas deshabitadas de Juárez, rapiñadas primero por malandros y después por hombres de traje que compran terrenos a precios ridículos, evocan para Blissett el saqueo sistemático de la ciudad. Una de las caracterizaciones que hace es justamente la de una “Ciudad sitiada”:

Juárez es un ghetto […]. Los expulsados por la crisis del campo y la falta de empleo en el país acampando en la frontera. Convertidos en damnificados de la guerra, de Guatemala a Guatepeor. La imagen en mi cabeza me sitúa en Palestina, su frontera, sus check points. El hostigamiento policiaco-militar. La petición constante de identificación. Ser extraño en tu propia tierra. Padecer a la policía toda tu vida.

portada ciudad futuro

No solamente en la narrativa testimonial se ofrecen casos de auto-reclusión como estrategia de supervivencia en tales circunstancias. La noción de lo incontrolable se confunde, en La transmigración de los cuerpos de Yuri Herrera, con la de lo inevitable: todos los confinamientos se terminan alguna vez, los secretos mejor guardados encuentran la forma de salir a la luz. El lugar de los hechos recuerda a la ciudad de México durante la aparición del virus de influenza H1N1, sólo que en su historia el virus es provocado por una especie de mosquito. A Herrera le interesa y sorprende la facilidad con que los ciudadanos aceptaron la reclusión. El aislamiento no sólo opera a nivel social (cada quien parapetado en su propia casa, afuera retenes y brotes de delincuencia), sino también a nivel individual, al prohibir el contacto directo con otras personas, obligarlas a traer tapabocas todo el tiempo y asumir reflejos que antes no estaban ahí, como el de estornudar en la parte interna del brazo.

Dentro de la reclusión generalizada, algunos seres se rebelan y circulan por calles fantasma, únicamente habitadas por retenes militares y grupos delictivos. Uno de esos seres es El Alfaqueque, cuyo oficio es “ayudar” a la gente a salir de situaciones indeseables; es, a grandes rasgos, un mediador legal y empleado ocasional de grupos delictivos. Al principio tiene la oportunidad de enredarse con La Tres Veces Rubia, la vecina de sus sueños eróticos. Pese a las restricciones oficiales para el contacto, El Alfaqueque logra cogérsela aunque para hacerlo ella tuviera que salir de su reclusión.

portada la-transmigracion-de-los-cuerpos

En un escenario donde las muertes por la epidemia pululan, el Alfaqueque debe intercambiar los cuerpos de Romeo y la Muñe, hijos de familias en conflicto. El intercambio de los cuerpos, mediado por El Menonita (otro ser como el Alfaqueque) se desarrolla al exterior, justo afuera de la Casota donde vive el protagonista y La Tres Veces Rubia. Durante un toque de queda de tales magnitudes, el lugar más solitario y aislado es la calle misma.

Otra novela, La fila india de Antonio Ortuño, hace un doble trabajo de desmitificación de la migración latinoamericana a EE UU que pasa por México. Por un lado, echa por la borda la generalización estereotípica que norteamericanos y europeos hacen de Centro y Sudamérica, así como la falta de identificación de muchos mexicanos con ambos gentilicios. Por otro, toma por los cuernos al toro del “velado” racismo en México, el maltrato y el silenciamiento de los centroamericanos durante su tránsito por el país (“los centroamericanos interesan ligeramente menos que las mascotas de los futbolistas y mil veces menos que los muertos verdaderos, los muertos nacionales” dice “el biempensante”, uno de los personajes), así como la participación en las redes criminales de personas que deberían salvaguardar a los migrantes, la explotación de la muerte por los ricos y poderosos de la época: redes criminales y políticos.

La fila india pone de manifiesto el grado de elasticidad que tiene la frontera para alcanzar a quienes la cruzan ilegalmente, e incluso a quienes apenas intentan hacerlo. Lynn Stephen habla de la elasticidad de la frontera para referirse al estigma que pesa sobre el migrante ilegal una vez que cruza a los Estados Unidos. Siempre a la expectativa de ser atrapado, renuncia poco a poco a la movilidad hasta llegar a una especie de autoexilio. Sin embargo, la novela de Ortuño muestra un panorama en el que todo el territorio de México es una frontera, la antesala a los Estados Unidos, estratificada en “los siete círculos del infierno mexicano”. Uno de los personajes de La fila india, el periodista Joel Luna, describe así el último círculo:

Incluso si consigues escapar de todos los depredadores y no mueres de hambre o sed, incluso si nadie te viola o golpea o amenaza o secuestra, tortura, tirotea y arroja a una zanja, aún debes planear la manera en la que entrarás a Estados Unidos, porque los mismos mexicanos que han sembrado de espantos tu camino controlan todas las rutas de acceso.

Una vez allá, felicidades. Respira hondo: el horror ya corre por cuenta de los gringos.

portada la fila indiaEn manos de Ortuño, el periodismo es una vara que ilumina todo. Las bandas traficantes de personas coludidas con los agentes de migración y la policía. Los migrantes son descritos como insectos, moscas a las que hay que encerrar y atrapar. Y las acciones más importantes de la novela suceden en lugares siempre cerrados, claustrofóbicos, en ocasiones infernales (como la quema o la tortura de migrantes). Cuando Yein resuelve escapar, se encuentra de pronto cazada por los sabuesos del integrante de una banda de trata, a quien el miembro de una banda rival acribilla con perros y todo. Yein está más insegura afuera que adentro: cojeando y como puede, mejor regresa al pueblo de Santa Rita. Eso es lo que la obliga a convertirse de cazada a cazadora.

Al otro lado de esta novela, el “biempensante” encierra y somete a una migrante centroamericana a una semi-esclavitud sexual. Con ello reproduce a nivel doméstico la violencia que ejercen los mexicanos sobre los centroamericanos migrantes: la deja limpiar su casa, le permite ver la televisión y comer lo que hay en el refri, pero la tiene encerrada bajo llave (no le vaya a robar nada) así como sus pertenencias más valiosas, y la asalta sexualmente con una regularidad que ella resiste pasivamente. En gran medida, los mexicanos replicamos con los centroamericanos, durante su tránsito hacia el país vecino, la discriminación que los estadounidenses ejercen sobre los latinoamericanos en su territorio. Como en el estudio de Stephen, la frontera está interiorizada en los migrantes ilegales, aquellos a los que no se les permite la movilidad y aun así insisten en buscarla.

Los comunes denominadores que presentan casi todas las obras aquí analizadas (el retén como factor exponencial del aislamiento al interior de las ciudades, el recrudecimiento de la “guerra contra el narco”, el rol del Estado en el auto-confinamiento de la sociedad en general) ofrecen un pronóstico pesimista en el que cada vez se atomizará más a la sociedad en general, sin importar el nivel económico o la condición social. Una distopía que no comenzó hace poco. Es una de esas épocas en que la realidad, más que sobrepasar, atropella y acribilla a la ficción.

Traducir, viajar, amar y otras formas de leer

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Andrés Neuman, El Viajero del siglo, México: Alfaguara, 2009.

Entré a la novela como Hans a Wandernburgo: indeciso sobre si quedarme o continuar con otra cosa, sin entender muy bien la dirección de las calles y las rutas. Como él, poco a poco fui encontrando motivos para seguir andando. Pero es inevitable que, en algún momento, la historia se termine y haya que cerrarla para seguir viviendo. Lo mismo sucede con los viajes, los romances y muchas otras instancias de la vida. Hans tiene que «seguir viaje» (como dicen los españoles), lo que equivale a decir: «seguir solo», pues de otra manera no sería un viajero.

La grandeza de El viajero del siglo no reside en el hecho de que un autor de ascendencia argentina y formación española escriba una concienzuda novela sobre la Alemania post-napoleónica de Metternich, en plena competencia con las grandes novelas decimonónicas, como las de Balzac o Hugo (con la «ventaja» de la «conciencia moderna»). Tampoco reside en la maravilla de una «ciudad móvil» (Wandernburgo, Ciudad andante), tanto en el plano político como el alegórico, al tratarse de una frontera católica en el corazón de la Alemania protestante, aunque por momentos parece que la ciudad literalmente tuerce sus calles y construcciones a discreción. Ni siquiera reside, finalmente, en la intensa historia de amor clandestino entre los protagonistas, Sophie y Hans, así como su proyecto de compilar una antología de la poesía de todos los rincones de Europa, con lo que repasan y traducen a los románticos ingleses, a Sor Juana y Quevedo, a Von Amin y a Heine, a los libertinos franceses (aún censurados) y a Nerval, a Pushkin, a Bocage, entre muchos otros. En realidad, la gran aportación de esta novela es la manera en que naturaleza y artefacto están sincronizados con una armonía simbolizada en la figura del organillero, único personaje que no tiene nombre propio en la novela (incluso su perro Franz y otro vagabundo de Wandernburgo, Olaf, lo tienen).

Desde el principio hay alusiones a que todo el universo narrativo de El viajero del siglo gira en torno al organillero (quien indefectiblemente se presenta en la plaza de costumbre a dar vida y sonido a Wandernburgo): la comparación entre girar la manivela y contar historias, las interpretaciones que el organillero hace sobre los sueños de sus amigos, o sobre el estado de ánimo de Sophie a través de las flores con las que decora el salón. La música, las relaciones sociales, las estaciones del año y el desarrollo de la novela avanzan armónicamente entrelazados unos con otros. Los últimos dos capítulos donde aparece el organillero, «La gran manivela» y «Acorde oscuro», evidencian la necesidad estructural de este personaje y su actividad para el funcionamiento de buena parte de la historia. En el último capítulo se percibe la sensación del fin inminente, hora de irse despidiendo de los personajes, del lugar, como cuando el sol ha caído y sólo quedan algunos rescoldos de luz que se van difuminando en la noche.

Evidentemente, es imposible no hablar del amor clandestino e irracional entre Hans, ese misterioso viajero con su gran melena y su escandalosa boina francesa, y Sophie, quizás la mujer más culta y despierta que había nacido en Wandernburgo, una sorpresa tan grata que hizo que la estancia de Hans, quien sólo iba de paso, se extendiera durante todo un año. Los fragmentos donde justifican un amor que, desde el punto de vista racional, era insostenible, sirve tanto como para defender la causa de las relaciones abiertas como para vilipendiarlas. Pero sin el mecanismo de precisión y naturaleza que se encarnaba en el organillero (su casa era una cueva, era como un reloj construido con hebras de pasto y piedras), la novela difícilmente se habría puesto a andar. Pese a las alusiones profundas a la política de la época, de las corrientes literarias y filosóficas, de los años y años de apasionada investigación que se reflejan en este libro. La escena final en la que el viento recorre todos los espacios y los personajes de Wandernburgo, que da nombre al capítulo final («El viento es útil»), resume de manera más precipitada esa posibilidad de accionar la novela con el mismo gesto de girar una manivela, una rueda, una idea. Leer El viajero del siglo es como acceder a un organismo vivo, Wanderburgo, en constante movimiento a través de la historia y el territorio.

Sin embargo, la historia de Hans y Sophie es deslumbrante. A mi parecer, dos son los pasajes que mejor resumen su relación:

«Oye, susurró Hans, ¿sabes que eres mi suerte? Ella detuvo el peine, se volvió y dijo: Sé a lo que te refieres, amor, a mí me pasa igual, me levanto cada mañana, pienso que voy a verte y siento como un impulso de dar gracias. Pero después me despejo y me digo que no, que no ha sido la suerte, que más bien ha sido un atrevimiento, nuestro atrevimiento. Tú podrías haberte ido y te quedaste. Yo podría haberte ignorado y he hecho todo lo contrario. Todo esto es voluntario, mágicamente voluntario… de hecho, ¿sabes?, a veces pienso que ni siquiera hemos tenido suerte. Quiero decir, podríamos habernos conocido en otro lugar, o más tarde. A veces me imagino cómo sería vivir en otro tiempo, a lo mejor entonces todo sería más fácil para nosotros».

Y más adelante, cuando ya la historia está por terminar, Hans lee un fragmento de Heinrich Heine:

«Mucho hemos sentido el uno por el otro,

sin embargo tuvimos una exacta armonía.

A menudo jugamos a ser un matrimonio

sin tener que sufrir ni tropiezos ni riñas.

Nos Divertimos juntos, gritamos con jolgorio,

nos dimos dulces besos y nos acariciamos.

Al final decidimos, con infantil placer,

jugar al escondite por los bosques y campos.

Así hemos logrado escondernos tan bien

que luego nunca más hemos vuelto a encontrarnos».