«Sobre la Zona Río» en «Tijuana de papel»

Un fragmento de mi libro Sobre vivir Tijuana apareció en la antología Tijuana de papel, editada por Humberto Félix Berumen, Tijuana: IMAC, 2019, pp. 173-175.

Tijuana de papel

El Paseo de los Héroes, una de las arterias viales de la Zona Río, está lleno de esculturas en cada cruce o glorieta importante, a lo largo de cuatro cuadras largas. Si se viene del este hacia la Línea, la primera es una estatua de Lázaro Cárdenas, prácticamente en medio del cruce con Sánchez Taboada, justo en la esquina del antiguo predio del Casino Aguacaliente, ahora Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas y Escuela Secundaria Técnica núm. 1. A contra esquina de la estatura se encuentra la Plaza del Maestro, con una escultura de arte abstracto.

Al seguir rumbo a la Línea, el siguiente entronque es con el boulevard Abelardo Rodríguez, alrededor de cuya glorieta hay un café y un hotel. El monumento aquí es una estatua de Ignacio Zaragoza, quien debido a su supuesto nacimiento en una población mexicana que ahora es parte del territorio estadounidense se volvió importante para los mexicano-estadounidenses, al grado que el día de celebración nacional de México en Estados Unidos es el 5 de mayo (en lugar del 15 de septiembre), que es precisamente la Batalla de Puebla, que ganó Zaragoza. Es interesante esta elección para una estatua y no la de César Chávez, por ejemplo, quien luchó por los derechos humanos y laborales de los mexicano-estadounidenses. Sin embargo, no hay que olvidar que se tenía proyectado que el nombre de la ciudad fuera Ciudad Zaragoza.

Más adelante, cruzando un hotel, se llega al entronque con el Boulevard Diego Rivera, donde se encuentra la escultura de Abraham Lincoln. Anteriormente, la oficina consular estadounidense en la que se aprobaban o rechazaban las solicitudes de visa se encontraba precisamente sobre Diego Rivera. Cuando me dieron la visa de turista, lo primero que vi al salir del consulado fue a Lincoln con unas cadenas rotas en la mano, que simbolizan la abolición de la esclavitud y al mismo tiempo la libertad que supuestamente ofrece la promesa estadounidense. Era un poco perturbador que dicha estatua estuviera tan cerca del Consulado. Si la visa era otorgada, quien salía observaba en ella dicha promesa. Si la visa era rechazada, no es difícil pensar que uno es parte de los eslabones que Lincoln aprieta, lo que puede alentar una lectura contrahecha del monumento: la opresión o perpetuación de la esclavitud.

El entronque con boulevard Cuauhtémoc, así como la enorme glorieta que se hace en medio, puede ser quizá el hito espacial más importante en términos simbólicos para los tijuanenses. Es el sitio que han elegido para manifestarse, ya sea por movimientos político-sociales o para celebrar las victorias de los equipos de futbol. Quizás esta elección se deba a que la glorieta es un punto neurálgico de la ciudad, y por lo tanto de gran visibilidad, pues conecta a la Zona Centro, la Zona Río y el este de la ciudad. Hay un meme que recurrentemente suben a las redes sociales cuando ganan los Xolos o la selección nacional, donde la estatua de Cuauhtémoc reclama: “¡Otra vez ya vienen a fregar!”.

Entre la Plaza del Zapato, la Plaza Río, el Cecut y un McDonald’s (toda una metáfora de Tijuana: la fiesta, el consumismo, la cultura y las cadenas comerciales gringas en un mismo cruce) se ubica la glorieta Independencia, en el entronque de Paseo de los Héroes con el boulevard del mismo nombre, que antes del cruce todavía se llama Décima o Sarabia. Aquí la escultura es el Monumento México, apodado a veces “Las Tijeras”, o por algunos amigos como “El matabachas”.

A vista de pájaro o en un mapa, parecería muy fácil integrar las partes administrativa, cultural y comercial de Tijuana (Cecut, Plaza Río, ICBC y el Ayuntamiento) en una misma área, pero el río Tijuana siempre se interpone. La imposibilidad de construir sobre el canal socava toda posibilidad de integración de esta área urbana. El río es el constante recordatorio de la parte macilenta de la ciudad que muchos sectores temen o no pueden aceptar: la existencia de sectores en condición de vulnerabilidad, la drogadicción, la migración precaria, la innegable realidad de personas que, si no tienen dónde dormir, van a parar ahí. Es difícil no conceptualizar, en el corazón mismo de los puntos administrativos y comerciales más importantes de Tijuana, al río como una herida constantemente abierta que se rehúsa a cicatrizar, una marca inamovible de esa parte negada de la ciudad, incluso cuando tiraron “Cartolandia”, o cuando más recientemente desalojaron a todos los indigentes y destruyeron los ñongos o chozas subterráneas que utilizaban para esconderse, protegerse del clima y drogarse.

Feria del Libro Tijuana – Presentación «Sobre vivir Tijuana»

 

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En el marco de la 34a. Feria del Libro de Tijuana, Juan Alberto Apodaca y yo presentaremos mi más reciente libro de ensayos y crónicas. La cita es en la Sala de Lectura del Centro Cultural Tijuana, el domingo 22 de mayo a las 3:00 pm.

Más información sobre el evento aquí.

Un adelanto de la primera parte de Sobre vivir Tijuana.

Odio y miedo en la era del nuevo terrorismo

Un día antes de la primera presentación de Sobre vivir Tijuana, un viernes 13, tuvieron lugar los ataques terroristas de París. De la cascada de información que atentados como éste provocan en los espectadores y telespectadores, el elemento que tocó una cuerda más sensible en mí fue el del concierto de Eagles of Death Metal. Josh Homme no estaba en esa gira y ninguno de los miembros de la banda murió en el Bataclan, pero la idea de tal cercanía está relacionada con lo que Judith Butler decía en su artículo sobre los ataques: “La mayoría de las personas que conozco dicen que están en un ‘punto muerto’, incapaces de pensar en profundidad acerca de la situación. Una forma de pensar en ello tal vez llegue con la invención de un concepto de duelo transversal – considerar cómo se produce la métrica del lamento, cómo y por qué los asesinatos en el café me conmueven con mayor intensidad que los ataques en otros lugares”. El grado de cercanía o, como diría Renato Rosaldo, de “invisibilidad” cultural, determina nuestra empatía e identificación con determinadas tragedias y no con otras.

El odio es ignorancia puesta en ebullición por el miedo. Escuché discursos xenófobos de mis huéspedes, los quebequecos, quienes no obstante su inmensa hospitalidad hacia quienes aprendemos su lengua se muestran reacios a aceptar (debido a su historia particular con la iglesia católica) las muestras de fervor religioso en espacios públicos. En los últimos meses, previos a las elecciones federales y provinciales, hubo una fuerte campaña mediática en contra del uso del niqab (un velo que cubre la totalidad del rostro, sólo dejando entrever los ojos) al momento de prestar el juramento de ciudadanía canadiense y al momento de votar. El debate, azuzado por los medios de comunicación, parecía querer crear conflicto y escisión en una sociedad inherentemente plural. Los comentarios de varios quebecos, sobre todo los de más de 40 años, me sorprendieron por xenófobos e intolerantes. El agua que derramó el vaso sucedió precisamente la mañana posterior a los ataques de París, a unas horas de mi presentación. Un quebeco, a quien admiro por su arte pero no por sus opiniones políticas, hizo el comentario que los medios han predicado a todos los que tenemos miedo hoy en día: la culpa es del Islam. Y la culpa no es del Islam, sino por una parte de los gobiernos fundamentalistas que no saben dividir política de religión, y por la otra de las políticas intervencionistas de países primermundistas, como EE UU, Francia y ¡oh, Canadá! No pude más e hice uno de mis berrinches argumentativos, una provocación-discurso. El mensaje llegó al lugar equivocado del planeta: una conocida francesa, con la que jamás había interactuado antes en redes sociales, me acusó de celebrar la muerte de sus compatriotas; me deseó que ojalá me tomara una cerveza por cada asesinado para morir congestionado con 128 (ahora 130) botellas. Yo me preguntaba si ella ha brindado por los 43 normalistas, por las 60,000 bajas en mi país por la guerra contra el narco, por los 523 años de muerte ininterrumpida en Latinoamérica. O más aún, por los atentados que ISIS realizó en Beirut el mismo día que los de París. No respondí nada; ella estaba cegada por el coraje, ni siquiera se dio cuenta que mi argumento era contra la islamofobia y no contra el colonialismo (aunque ambos van de la mano y es difícil discernirlos). Yo también estaba enojado, tenía miedo como ella, y me desquité con lo primero que tuve enfrente: mi computadora.

Fueron días en los que había mucho resentimiento en el ambiente. ¿No lo sintieron? Poco después, muchos amigos compartieron memes y comentarios donde respondían a la amenaza que ISIS hiciera a nuestro país, entre muchos otros, con un sardónico “Bitch please, welcome to Mexico”. Arguían que tendrán que ser muy sanguinarios para aterrorizarnos con algo que no haya hecho ya el narco y la guerra para contrarrestarlo. Tristemente, esta actitud bravucona y fanfarrona es típica de “lo mexicano”, y sin ningún problema pudo haber formado parte de los ejemplos sobre el carácter violento y atemorizado del mexicano, oscilante en la dicotomía abierto/cerrado, de una ficticia nueva adenda a El laberinto de la soledad. El asunto de fondo no es que en el país haya peores atrocidades que las que ISIS nos propone imaginar, sino que debemos oponernos a cualquier forma de intervencionismo, sea en nuestro propio territorio o en el de otros países soberanos, e incluso aquello que no son reconocidos como tales (como Cataluña y Québec, ciertamente, pero también Palestina, y México con relación a EE UU). Lo cierto es que hay muchas conexiones entre la historia de política exterior estadounidense en el continente americano y la historia de las intervenciones en Medio Oriente, desde el Destino Manifiesto, pasando por la Guerra del Golfo, hasta llegar a nuestros días.

La política intervencionista de Estados Unidos se ha transmitido ahora a los países francófonos a través de la guerra declarada por Francia, la cacería de brujas en Bélgica, los atentados en Malí, las muestras de apoyo por parte de los órganos internacionales de la francofonía, etcétera. En otro giro inesperado de la historia, el incremento de la seguridad nacional y la disminución de las libertades individuales no sucedieron en EE UU, sino en la Europa francófona. En estos momentos en los que parece que el odio está ganando en el mundo, amar al Otro es indispensable, un acto extremo de disensión. Ojalá no dejemos de salir y tomar las calles, que no nos arrebaten la posibilidad de volver a amar. Y ojalá ahora sí nos hermanemos con los pueblos que llevamos mucho tiempo sufriendo, como Palestina, Colombia, Nigeria, como México mismo.

El hecho de que no debemos sucumbir al odio no quiere decir que no hay que señalar las injusticias. Sé que he hecho daño y que no soy la persona adecuada para hacer esta afirmación, pero en un mundo cada vez más militarizado ya hay mucho dolor como para odiarnos más.

La vida es partir: Tijuana de ida y vuelta

Escribir sobre Tijuana se convirtió  en mi solución para no olvidarla, y esto me trajo de vuelta más pronto de lo que esperaba. Mis primeros tres meses en Montreal los pasé afinando Sobre vivir Tijuana. Como en la canción de Santa Sabina, estando aquí no estaba. Bien sabía que habría cambios y permanencias en Tiyei durante el año y medio que me ausenté. ¿Cuáles fueron los cambios más palpables? Al llegar me sorprendió y entristeció el “pueblo fantasma” que dejó la ampliación El Chaparral en la garita de San Ysidro, en lo que alguna vez fuera la salida principal para peatones. Esta modificación, a su vez, propició la “taxificación” del transporte público en la Línea: ahora resulta más práctico tomar un taxi que arriesgarse a cruzar por las hileras de locales cerrados que escoltan el paso al puente peatonal, o rodear la glorieta para esperar el camión en una curva que no tiene paradero instalado. Otro factor de inminente cambio es el rumor confirmado del cierre del Zacaz, que dejará de tener su clásica ubicación entre las calles Primera y Constitución. El miedo de que el traslado a otro local cambie todo el ambiente es patente, y a nadie parece consolarle la posibilidad de que la nueva locación pueda tener (ahora sí) grandes ventanas, o quizás una terraza o un espacio al aire libre.

Lo que realmente hice fue comer birria, pozole y tacos de camarón, así como acumular libros y música. Me di cuenta que quiero ampliar mi investigación sobre los colectivos en Tijuana hasta la década de los 90s, por lo que compré libros como Detonación. (Contra) cultura menor y el movimiento fanzine de Tijuana (1992-1994), de Pedro Valderrama; Entre atracción y repulsión. Tijuana representada en el cine, de Juan Alberto Apodaca, y Jóvenes excéntricas. Cuerpo, mujeres y rock en Tijuana, de Merarit Viera, para explicarme con mayor profundidad el desarrollo del trabajo colectivo artístico en la ciudad en la antesala al siglo XXI. Aunque ya conocía la revista Hojalata, órgano impreso del colectivo Poeta No Lugar, me emocioné al encontrar un ejemplar en una librería de viejo del centro, junto con la antología Sístole/Diástole, de editorial Cantarsis.

Aunque no siempre les dé “like”, siempre sigo la pista a los artistas tijuanenses que tengo agregados en Facebook. El sábado en la noche, Paty Torres me dijo que el Mous-Tache celebraba su 5º aniversario con un set de varios proyectos, entre ellos Grenda, de quien ya había escuchado hablar. Fuimos ya demasiado tarde y no lo escuchamos a él, pero fue una grata sorpresa decubrir a Trillones, proyecto del chicalense Polo Vega que me confirmó una vez más lo mucho que tiene para ofrecer la escena musical de Mexicali. En el Mamut me vendieron un disco de Alex Perales, y me alegró ver a Dardin Coria de Sondiero Travesura entre los espectadores-bebedores. La misma Paty me mostró en su casa algunas de las canciones del nuevo disco de San Pedro el Cortez. Como siempre, es la música lo que más se mueve en la ciudad, la moneda de cambio de todo el aparato artístico.

Mientras escribo estos párrafos caigo en la cuenta que, como cuando escribí Sobre vivir Tijuana, no tengo nada qué decir de la ciudad per se. Nunca fui ni seré cronista de los tijuanenses 1) porque no soy tijuanense, y 2) porque no creo que una postura individual tenga representatividad absoluta sobre una entidad social o colectiva. Eso sería caer en la fácil trampa de los tropos colonialistas, como la metáfora, la metonimia y las sinécdoques. Lo que yo hago es especular y conceptualizar con base en Tijuana. Es lo que hice en mi tesis de maestría y mis artículos sobre Tijuana, y más claramente en este nuevo libro. Hablo de los hitos artísticos, culturales o sociales de la región que me tocó ver y que he podido estudiar. Nunca he pretendido decirle a los tijuanenses cómo ver o pensar su ciudad. Últimamente, entre los comentarios de algunos compañeros y conocidos tijuanenses, he llegado a sentir esa presión discursiva que me marcaba como “el chilango” o, como bromeaba Apodaca cuando hace tiempo le conté de este libro, “un chilango más hablando de Tijuana”. Puede que sí, pero un chilango enamorado de la ciudad, dispuesto a conocerla en las buenas y en las malas.

Esta nota tiene dos finales. El primero es una afirmación pública: sí, Sobre vivir Tijuana es una representación, pero a final de cuentas una representación que se sabe parcial y perfectible. Toda la manufactura humana, desde las máquinas más complejas hasta el lenguaje mismo, es perfectible. Escribir sobre Tijuana como el “foráneo” que soy (para usar el regionalismo chicalense) era el acto más atrevido que me podía imaginar. Y lo hice porque la Tijuana que conocí, la que me tocó vivir durante los últimos años, iba a cambiar irremediablemente, incluso si yo regresaba, incluso si no me ausentaba por demasiado tiempo. «La vida es partir», le dije a mi madre hace poco, luego de saber sobre la muerte de mi tío más joven, y creo que aplica para todo, no sólo para prepararnos ante la inminencia de la muerte. Siempre estamos partiendo de un lugar, una amistad, una relación, una forma de vida. Es duro aceptar que todo cambia y nada es estable. Pero así es cualquier amor, por ejemplo, mi amor por Tijuana: una incertidumbre, la de intimar con el otro, o amar al prójimo if you will.

iPhone de aurelio 376

El segundo es un final íntimo. Lo que más me fascinó de este viaje fue observar cómo mi acompañante iba conociendo, por primera vez en su vida, a Tijuana y el resto de México a través de la ciudad. Me parece increíble, desde mi particular trayectoria de vida, pensar en conocer antes a Tijuana que al DF. No por ello dejamos de compartir reacciones similares ante situaciones específicas. “Marica, qué fuerte”, me dijo al dar vuelta en el tramo del malecón más cercano al muro fronterizo. Acostumbrada a las fronteras del sur, menos fácticas o físicas que la México-EU, Aleja compartió una sensación que he visto en mí mismo, en otros mexicanos y extranjeros por igual, al contemplar por primera vez el muro tan de cerca. Me intriga mucho saber qué es lo que va a escribir al respecto, las cosas que crearemos juntos a partir de este encuentro. Más que un laboratorio, como García Canclini la calificó, Tijuana es más bien un campo en reacción constante con los cuerpos que ahí se disuelven, “mezclándonos lejos” como en el poema “Norte”, de Gerardo Deniz. La ciudad no es un sujeto ni un paciente, sino un agente de su propio ciclo de creación/descomposición. Re-conociendo nuestros cuerpos, Aleja se sumergió en México a través de su herida más visible. Se me confunden sus besos con la noche de Tijuana. “Algo de mi sustancia / se hacía matiz tuyo / en el albor de nuestro primer año” de (no) conocernos.

Actividades en el XIII Festival de Literatura del Noroeste

XIII FelinoJueves 12 de noviembre – El Cubo, Cecut

18:00 h. – Mesa redonda sobre traducción literaria. Participan: Anthony Seidman, Sonia Gutiérrez, Aurelio Meza y Gaspar Orozco Modera: Roberto Castillo

Sábado 14 de noviembre – Sala Federico Campbell, Cecut

12:00 h. – Mesa redonda sobre proyectos editoriales independientes. Participan: Luis Armenta Malpica y Aurelio Meza. Modera: Mauricio Bares.

16:00 h – Presentación de Sobre vivir Tijuana de Aurelio Meza y Años de lucha, años de guerra de Gabriel Trujillo. Participan: Aurelio Meza y David Piñera. Modera: Daniel Martínez

Sobre vivir Tijuana (adelanto)

Foto: Miriam Quino, 2011

Foto: Miriam Quino, 2011

El próximo sábado 14 de noviembre presentaré mi más reciente libro, Sobre vivir Tijuana. Textos mutantes fronterizos, en el marco del XIII Festival de Literatura del Noroeste. Aquí un adelanto de la primera parte, «La ciudad con todas sus palabras». (Gracias a Martin Revilla y a Miriam Quino por sus fotografías.)

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Sobre mi sensación de extranjería en Baja California

Un consejo vital para quien llega a Tijuana desde el centro-sur del país: jamás llames refresco a una soda, ni coche a un carro. De inmediato identificarán que eres de fuera. También es necesario aprender un nuevo bagaje de coloquialismos. Aquí no te cabulean, te tiran carrilla; al encendedor no se le dice encencho sino laira (del inglés lighter), la gafa es la placa y a su vez la placa son los pepos (si se trata de la Policía Estatal de Protección, PEP). La presencia del slang chicano aún permea la frontera norte de México, con términos y frases como trucha, wachar (del inglés watch) o al cien.

No sirve de nada imitar el acento. Tarde o temprano algo te evidenciará. Y es que aquí es muy importante saber de dónde vienes y qué haces aquí. Incluso categorías como la ciudadanía pueden ser cuestionadas: en el aeropuerto de Tijuana se nos pregunta nuestro lugar de procedencia antes de recoger las maletas, en un retén disimulado pero constante y focalizado (nunca le preguntan a los güeros), y en la calle la policía nos puede decir que parecemos centroamericanos y hacernos las consabidas preguntas del himno nacional, los héroes patrios o el actual presidente de México.

A algunos grupos sociales les va mejor en la integración que a otros. Tristemente, los que peor la llevan son los primeros pobladores, los indígenas yumanos (reunidos en los pueblos k’miai, cucapah, paipai, cochimí y kiliwa), y los más recientes, los indígenas del sur de México. La frontera con Estados Unidos atrae a tantas personas que la certidumbre de las identidades colectivas se desestabiliza a cada momento. Además, desde su fundación, los “de afuera” (entiéndase por esto los estadounidenses y los mexicanos del centro-sur) han buscado definir e interpretar a Tijuana y (según algunos) lo convirtieron en un referente de los peores estigmas sociales.

Un seminario sobre estudios culturales fronterizos que impartí en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) cuestionaría quizás un poco esta historia que nos contamos todo el tiempo en los estudios “tijuanológicos”, sobre todo desde la publicación de Tijuana la horrible, en 2003. En esta clase fui testigo de cómo mis estudiantes prácticamente aprendían a conceptualizar a Tijuana bajo esa perspectiva estigmatizadora impuesta desde afuera. Para ellos, Tijuana era muchas cosas, pero no “la horrible”. Y en lugar de hacerlos comprender que dicha representación era un estereotipo, lo que hizo fue polarizar su visión entre una “Tijuana buena” (la que ellos felizmente habitaban) y una “Tijuana mala” (representada por el vicio, la prostitución, etcétera, en la que ellos nunca habían participado). No obstante, sí creo que el meollo sobre mi constante sensación de extranjería en  Baja California tiene que ver con las representaciones estigmatizadoras de Tijuana impuestas desde afuera, como si hubiera una especie de trauma histórico por ellas, aunque éste no sea compartido por el grueso de la población. La moraleja es que cada quien inventa la ciudad que quiere o no puede dejar de ver, como un fantasma que se aparece por las noches y en los momentos de recogimiento.

Lo cierto es que las representaciones “exógenas” sobre Tijuana (como las llamaría Félix Berumen), abundantes en la música, la literatura y el cine estadounidenses, lejos de tener una proyección “internacional” reflejan un fenómeno a nivel estrictamente regional y, en el mejor de los casos, a escala continental. Puede ser que en Norte y Latinoamérica sea conocida la existencia de Tijuana (aunque en ocasiones se dude incluso si está del lado mexicano o estadunidense), pero conforme nos alejamos de sus latitudes la información se vuelve difusa. Gente de Asia o África no conoce la ciudad, aunque sin duda reconocen el nombre de San Diego. Hay gente cuyo único referente de la ciudad, como sucede mucho en Latinoamérica, es la canción de Manu Chao. Al final, el problema de las representaciones se limita a unos pocos “contrincantes”: los “de afuera” (un término abarcativo de dimensiones tan ilimitadas como la imaginación lo permita) y los “auténticos” tijuanenses. Esta dicotomía constituye el “esqueleto” de todos los conflictos, simbólicos o fácticos, con diversos grupos minoritarios en Baja California.

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Foto: Martin Revilla, 2015

Foto: Martin Revilla, 2015

Mi Tijuana es, como la de los tijuanenses mismos, una ciudad imaginada. Yo la construí con base en mis gustos, mis necesidades, y mis posibilidades materiales y sociales (manutención, tiempo libre, etcétera). Pese a habitar en una gran ciudad como Tijuana, y como decía Debord sobre París, a partir de un texto de Chombart de Lauwe, el ciudadano promedio generalmente realiza un recorrido circular o triangular (de su casa al trabajo, escuela o alguna otra instalación). Así pues, ¿por qué no iba a ser imaginada también la exclusión que yo mismo me he impuesto? Tanto se habla sobre la auténtica Tijuana en oposición a su versión comercial, que la presión discursiva me obliga a afirmar que no soy de aquí aunque tenga tantas cosas que decir sobre Tijuana.

No quiero que la noción de extranjería que he estado desarrollando distorsione la lectura sobre mi experiencia en Tijuana: la ciudad fue sumamente generosa conmigo. Siempre digo que nunca hubo nada que me negara la región, menos por el hecho de ser chilango. Tal vez sólo una: la plena sensación de pertenencia (pues la de aquiescencia siempre la tuve, desde que llegué y dije: “Por fin estoy aquí”, o cuando volví y pensé: “Estoy en casa”). Y es que la pertenencia, a final de cuentas, es al parecer una noción auto-impuesta, nunca enteramente producto de las circunstancias sociales.

Así como el símbolo “Tijuana” está sobrecodificado por una serie de estereotipos estigmatizadores (por lo menos a nivel académico), también lo está la imagen del forastero que viene a Tijuana. Todos los pobladores de la ciudad, incluso aquellos cuyas familias llevan muchas generaciones aquí, son de algún modo “extranjeros”. Los únicos a quienes históricamente les pertenecerían estas tierras son los yumanos, pero poco se habla de ellos en los discursos sobre Baja California que he conocido.

Es mentira que Tijuana sea “la casa de toda la gente”. Todas las casas tienen un grado de intimidad. En la ciudad, la Historia con hache mayúscula lleva muchos años gestándose. Sus pobladores iniciales, sus newcomers y los herederos de ambos tienen tantas historias y conexiones entre sí, que yo sé que nunca voy a conocer ni la décima parte de la ciudad como podría hacerlo un tijuanense de nacimiento que sepa realmente explorarla. Por ello es que habrá concepciones erróneas en las cosas que digo en las siguientes páginas sobre Tijuana. En dichos casos, dejaré que los tijuanenses arrojen la primera piedra…

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“La Tijuana de los tijuanenses”

La avenida Madero es una especie de reflejo de la Constitución, su alter ego, ambas paralelas a la legendaria Revolución, fantasma de lo que fue durante el siglo pasado. En la Madero y la Constitución se encuentran locales de consumo básico o especializado, dirigidos sobre todo a los residentes y mercaderes de la ciudad: papelerías, vidrierías, consultorios, incluso una tienda dedicada exclusivamente a la venta de alcohol del 96o y productos derivados, u otra donde se consiguen carritos expendedores de hot dogs y de tacos. Los historiadores reconocen las diferencias estructurales entre la Avenida A (hoy llamada Revolución) y la Avenida B (Constitución), como Josué Beltrán al discutir las postales que promocionaban a la primera de ellas como espacio de recreación para extranjeros […].

En el cruce de la Décima y la Madero, a contra-esquina de una  gasolinera que siempre está llena, hay un edificio de varios pisos con una gran cantidad de mexicano-estadounidenses. Las mujeres con el mandado, la clica en la puerta de entrada, los niños que juegan en la vía pública, todos hablan inglés como si todavía estuvieran del otro lado. Al bajar por la Décima hacia el Centro, caminando por la Negrete, hay otro edificio donde vive una comunidad de chinos, numerosa aunque poco visible si no se pone demasiada atención. Junto a la vecindad, donde las puertas tienen letreros en papel o madera con caracteres chinos, hay una especie de fábrica o bodega donde se producen o almacenan textiles, aunque en la reja exterior hay una manta enorme que anuncia la venta de LEDs al mayoreo y menudeo. Por las mañanas, un comerciante chino se estaciona frente a la reja de la bodega a vender frutas y legumbres que no conozco, cuyos compradores son todos chinos. Curiosamente, el comerciante instala su puesto a las diez u once de la mañana, cuando la mayoría de los turnos en comercios y oficinas tijuanenses llevan ya varias horas de haber comenzado. Al cruzar por estas tres cuadras, se pueden escuchar conversaciones en español, inglés y chino por igual.

La Negrete marca el inicio de la Tijuana popular. Hace unos años vine a vivir cerca de la oficina de correos en la calle Onceava. Desde esa altura hasta la parada de mi camión, a unas siete cuadras de distancia, he visto cristalazos en la puerta de una tienda para novias, acompañados de gruesos rastros de sangre en el piso con dirección a la Zona Norte. He visto carros estacionados sin parabrisas. He visto operativos policiacos express sobre locales aparentemente inocentes. He visto a la ciudad con todas sus palabras, las que usan quienes la han hecho su hogar y quienes solamente van de paso. Vivir aquí me hizo dar cuenta que ninguna de las categorías endógeno/exógeno es más real que la otra, y que sólo una de ellas pretende serlo.

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torre aguacalienteEl Parque Fundadores

Hay un parque cerca de la oficina de correos de la Onceava, en el triángulo que forma la calle Negrete con los boulevards Aguacaliente y Fundadores. Se trata de un jardín vecinal de acceso público administrado por el gobierno municipal, llamado Parque Fundadores. Su peculiaridad reside en albergar una réplica de la Torre de Aguacaliente. Aquí ya no es la Zona Centro propiamente, sino la colonia Juárez, aunque se llega caminando a la Revu.

Conocía este parque desde antes, aunque no solía pasear por esos rumbos. Cuando comencé a vivir en la Zona Centro descubrí que las campanadas grabadas, que escuchaba desde mi departamento en el callejón Sarabia, no repicaban en off de la iglesia entre la Décima y la Ocampo, como yo pensaba, sino desde la réplica de la Torre de Aguacaliente. En los ochentas, el Club de Leones de Tijuana promovió la creación de esta réplica. En 1984 se aprobó la creación del salón de la fama del deporte de la ciudad, cuya primera mesa directiva se conformó al año siguiente, y cuando se inauguró en 1988 fue implementada una sala de exhibición en la parte alta.

Siempre me ha parecido irónico que se erija un monumento al casino de Aguacaliente, a la vez el motor que hizo nacer a Tijuana y el símbolo más tangible de la semicolonización estadounidense en la región. Al fondo se ubican las ruinas de una escultura oxidada y algunos afiches del Observatorio de Tijuana, que se encontraba en la “Bola” del Centro Cultural Tijuana (lo que hoy es el cine IMAX). Un vagabundo duerme sobre las ruinas de la instalación. De hecho, el número de vagabundos y vendedores ambulantes en el lugar es en ocasiones mayor que el de paseantes o deportistas.

Este parque, uno de los veintiuno que cuenta Heber Huizar en la delegación Centro, resume una serie de situaciones sociales de carácter histórico y cotidiano a la vez: el culto al capital foráneo, las poblaciones flotantes, el abandono y la reutilización de espacios públicos, no sólo por la reconstrucción de la Torre de Aguacaliente y su re-significación como salón de la fama del deporte, sino por el homenaje no intencionado al observatorio que alguna vez tuvo la ciudad.

Chinos y discriminación en Baja California: misma historia, distintos rostros

Lo Yen City

La polémica en torno al uso de carne de perro en restaurantes de comida china en Tijuana proyecta un miedo colectivo inconsciente a la vez que encubre una costumbre silenciosa pero constante en Baja California: los patrones continuos de discriminación. En el ensayo que abre Sobre vivir Tijuana, libro de próxima aparición, abordo este asunto que me ha intrigado desde mi llegada a Baja California, particularmente desde que viví por unos meses en Mexicali. El regionalismo “foráneos” para referirse a quienes no son mexicalenses, o la rencilla regional entre Chicali y Tijuana, desarrollada casi exclusivamente en un plano simbólico, me sirvieron para reflexionar sobre los alcances y las características de los patrones de diferenciación en el estado, que bajo ciertas circunstancias pueden dar pie a comportamientos discriminatorios. En este ensayo también hablo sobre la discriminación en Tijuana a otros grupos sociales, como los migrantes (en particular los sinaloenses, o chinolas), los pueblos indígenas y “tribus urbanas” como los emos y los buchones.

El tema de la discriminación de los chinos en el noroeste de México ha sido investigado por expertos como Servando Ortoll y el difunto Luis Ongay, en sus aportaciones al libro colectivo Racismo, exclusión, xenofobia y diversidad cultural en la frontera México-Estados Unidos. Pero cuando salió la noticia del operativo y clausura del restaurante Lo Yen City, a la cual seguiría más de una docena de historias similares, la reacción fue una mezcla de desconcierto y chacoteo. Muchos tijuanenses estaban ondeados y no les parecía graciosa la idea de perros rasurados a punto cocinarse. También hubo muchos, muchísimos memes al respecto: “Ahorita no joven, me van a hacer Chun Can”. “¿Quele pelo con piña?” “Sale un lonche de perro cantonés”. “No, pos guau”. Y claro, las alusiones a los otros perros ilustres de la ciudad, el club de fútbol Xolos de Caliente, no se hicieron esperar. No por coincidencia Hank Rhon, dueño del equipo y ex-alcalde de la ciudad, aprovechó el momento para denunciar la presencia de carne de perro, aunque no en los restaurantes de comida china, sino en las taquerías. La “legendaria perrocoa” contraataca.

Lo que no se menciona en toda esta polémica es el hecho de que el dilema en cuestión sólo es un tabú en la cultura occidental. Es una convención social que la carne de mascotas domésticas, como los perros y los gatos, no sea apropiada para consumo humano. Es sabido que estas costumbres alimenticias son comunes en algunos países asiáticos. Por su parte, los franceses comen carne de caballo, una práctica que quizás en México tampoco sería bien vista. El dueño de Lo Yen City salió libre, sin cargos de tipo sanitario, sino por maltrato y crueldad animal.

Sin embargo, eso no quita que no haya gato (¿o perro?) encerrado en la declaración del ex-alcalde. La desviación de atención hacia las taquerías también es un movimiento estratégico ante el escándalo. Se ha reportado al gobernador del estado comiendo en un restaurante chino, como para dar legitimidad al local, pero a la vez estableciendo alianzas comerciales con un grupo étnico con presencia en la sociedad bajacaliforniana. ¿Nadie se acuerda de Blinky, el pez de tres ojos que arruinó la campaña electoral de Montgomery Burns en Los Simpsons? Además, la cobertura tan flagrante de la prensa durante el operativo, la detallada filmación de los perros muertos y los sobrevivientes, delata una cuidadosa construcción mediática de la noticia.

blinky burns

Esto nos lleva al lado oscuro de esta polémica: el estigma social que deja este escándalo sobre la comunidad china en Tijuana y el resto de Baja California. En páginas de Facebook como Tijuana Rulz, que fomenta tanto los chistes xenófobos como las campañas en contra de la discriminación, se menciona cómo a algunos chinos se les niega el abordaje al transporte público, y cómo el hostigamiento a la comunidad china va en aumento. La noticia de que se registró una baja en las ventas de comida china siguió casi inmediatamente a la de la clausura de numerosos restaurantes chinos. Y el asunto aquí es que, desde cualquier perspectiva que lo miremos, todo en este asunto es re-presentación: simulacros, diría Bauidrillard, empezando por el video excesivamente detallado del perro desollado listo para su preparación, pasando por los malabares políticos en torno al tema, hasta los comentarios, bromistas sobre todo, de miles de usuarios en las redes sociales.

Este es otro punto que trato en el ensayo sobre discriminación en Baja California, a partir de lecturas de Frantz Fanon y Everardo Garduño: las bromas ocultan una disputa (simbólica o fáctica) por los recursos de la región. La discriminación es un mecanismo de defensa ante la constante alienación en la frontera. En el caso de Tijuana, esto no resulta sorprendente cuando se tiene al frente a San Diego, una de las ciudades estadounidenses más jerarquizadas social y racialmente.

 

Fragmentos de Sobre vivir Tijuana:

Chinola is the new chilango […] Los  tijuanenses  tienen  que  preguntarse  por  qué  el mecanismo  del  estereotipo está ahora en marcha para estigmatizar al sinaloense, donde a la nueva ola migrante se le atribuyen características similares a los de la ola previa, y en última instancia cumplen la misma función de chivos expiatorios. También es necesario develar cuáles son los mecanismos por medio de los que se activan los prejuicios que desembocan en los actos de discriminación, sean estos “inofensivos” o no. Finalmente, comprendamos que el hecho de que no haya una acción o agresión física no quiere decir que no tengan un efecto, fáctico o simbólico […]

Mi  Tijuana  es,  como  la  de  los  tijuanenses mismos,  una  ciudad  imaginada. Yo  la construí con base en mis gustos, mis necesidades, y mis posibilidades materiales y sociales (manutención,  tiempo  libre, etcétera) […]

Así  como  el  símbolo  “Tijuana”  está  sobrecodificado por una  serie de  estereotipos estigmatizadores (por lo menos a nivel académico), también lo está la imagen del forastero que viene a Tijuana. Todos los pobladores de la ciudad, incluso aquellos cuyas familias llevan muchas  generaciones  aquí,  son  de  algún  modo  “extranjeros”. Los  únicos  a  quienes históricamente les pertenecerían estas tierras son los yumanos, pero poco se habla de ellos en los discursos sobre Baja California […]