El fin del mundo ya está aquí

En La sociedad feudal, Marc Bloch describe que el supuesto furor por el fin del mundo en la Francia medieval, previo al año 1000 D.C., no impidió a los firmantes de algunos contratos extender sus términos y cláusulas hasta bien pasada la temida fecha. Ya fuera una apuesta apocalíptica por el el aplazamiento definitivo de una deuda o pago, o bien una muestra de auténtico desdén a una superstición popular, el espíritu que movió a esos mercaderes y terratenientes es uno de los rasgos que compartimos con las sociedades medievales, y muy probablemente desde épocas más remotas. La necesidad de obtener la plusvalía hasta del tiempo muerto, el tiempo vacío.

La plusvalía de la muerte ha llevado asimismo a su administración, su disciplina. El necrocapitalismo, término que Sayak Valencia desarrolla con profundidad en Capitalismo Gore, es el sistema que administra la muerte de los cuerpos marcados por un sistema de clasificación otros-nosotros que subalterniza a todo aquel que no sea blanco (hombre), católico-cristiano, heteronormativo, etcétera. El verdugo de este sistema, el endriago (el sicario, el asesino a sueldo del narco), sigue siendo el violento hombre machista que está al centro de todas las tragedias de la historia mexicana.

La administración de la tragedia es la nueva técnica de represión del sistema neoliberal globalizado. A eso apunta el artículo de Judith Butler sobre los ataques de París: vamos a un mundo paradójico en el que se restringe la libertad en nombre de la libertad misma. Estos días he estado recordando mucho el disco-concepto Year Zero, de Nine Inch Nails que, si bien no es el mejor de su repertorio, vino acompañado por un “juego interactivo” que presentaba unos Estados Unidos donde las libertades individuales han sido suprimidas como medida de seguridad ante ataques terroristas. La línea del tiempo de Year Zero parte de 2007 (año del lanzamiento del disco) hasta 2022, en el inicio de un nuevo sistema militarizado. Quizás los fenómenos histórico-sociales de los que habla Reznor en esta línea del tiempo no sucederán de manera tan precipitada, pero es sintomático que haya varios episodios escalofriantemente similares a la realidad, como el caso de un atentado en un estadio de baseball en Chicago, perpetrado por un “Angry Sniper”. Year Zero comenzó siendo una profecía y terminará siendo una alegoría de ese proceso inminente de restricción de la libertad, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero.

Fabulación y profecía siempre han ido de la mano. Las profecías emplean recursos literarios que buscan no sólo ser de carácter declarativo sino incluso performativo. Además de la utopía, ese género renacentista del provenir, dos casos magníficos de cómo funciona la profecía dentro de un mundo poético/diegético son, por un lado, el terceto final del soneto XVIII de John Milton, sobre la masacre de Piedmont, y por el otro las obras de ciencia ficción de Julio Verne, George Orwell, Isaac Asimov y William Gibson. El primero busca hacer efectiva la venganza que se pide en el primer verso del soneto, mientras que los autores de sci-fi crean una sensación de extraña familiaridad entre nuestra realidad mundos estructuralmente distintos o alterados.

Hace ya tres años, Estela Mendoza se acercó a Kodama Cartonera para proponer lo que sería nuestra sexta antología, Poesía para el fin del mundo. El argumento de Estela era sencillo: el mundo nunca se va a acabar, y sin embargo se está acabando todo el tiempo. Lo que ella verdaderamente quería hacer no era participar del furor mediático por el supuesto fin del mundo, el 12/12/12, sino más bien ser observadora de primera fila. Pienso que la profecía, la ciencia ficción, y otras aproximaciones literarias al apocalipsis son algunas de las herramientas que utilizamos para aprehender este fin del mundo que ya está aquí, ya está sucediendo y poco estamos haciendo para prepararnos. Poesía para el fin del mundo capturó un poco del espíritu de la época al reunir a tantas voces conceptualizando algo tan inimaginable como la muerte misma de la humanidad.

La muerte, no una figura literaria como la profecía, es la verdadera contraparte del fin del mundo. Aprender a morir es aprender a dejar que la humanidad desaparezca en esta fluctuación del vacío que, al parecer, es la realidad: el giño de Vishnú, un malestar cósmico. Sólo en la medida que aprendamos a deprendernos de lo más preciado que tenemos (nuestras vidas) podremos aprender a salvar a nuestros cuerpos salvando el ambiente mismo. “El sonido de la inevitabilidad”, esa frase magistral del agente Smith en The Matrix que resume de la dominación hegemónica del sistema, es un constructo social y puede ser revertido. Hasta qué grado nuestra huella ecológica pueda ser mitigada, eso ya es otra historia, y lo que venga en próximos años tendrá que ver más con las fluctuaciones climáticas que con conflictos bélicos entre países, aunque éstos seguirán sucediendo. La solución de Reznor ante esta idea, por lo menos en lo que a Year Zero respecta (y probablemente también la de Maynard J. Keenan de Tool, encerrado en su viñedo en medio del desierto de Arizona) fue el survivalism, esa afición estadounidense de prepararse para el fin del mundo con búnkers, raciones de comida, armas y entrenamiento indispensable para sobrevivir a un cataclismo de dimensiones globales.

Como decía, cada quien enfrenta el fin del mundo de manera distinta. Algunos ya quieren que The Walking Dead se vuelva realidad para volarle la tapa de los sesos a un par de zombies hambrientos. La realidad y la ficción se mezclan en el universo diegético findelmundista. La poesía y la ciencia ficción son mecanismos de conocimiento a partir de una proyección (no tan) inconsciente. Ya sea que usted quiera, como Estela, ver de la manera más cercana este proceso, o que trate de sobrevivir o impedir de algún modo el curso de las cosas, el peso de la hegemonía discursiva hace pensar que no hay marcha atrás, que las cosas no podrán suceder de otra manera. Pero esa seguridad definitiva no la puede ofrecer ningún ser humano, sólo la muerte misma. Hay esperanza, pues, mientras haya vida y muerte en este mundo, y no solamente muerte. Siga usted firmando contratos hasta más allá del fin del mundo, al fin y al cabo, ¡ni que fuera Dios pa’ perdonar!

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